Entre la fuerza del partido y la dialéctica del narcisismo.

Escrito por Luis perronegro. Publicado en ADP Opinión

Si por algo se caracteriza la derecha de nuestro país es por su sentido de clase, defendiendo sin complejos a la minoría a la que representan. La cohesión de la derecha en todas sus vertientes en torno al PP, ha sido un ejemplo recurrente del aglutinamiento de fuerzas de una minoría para conquistar la hegemonía. El PP mantiene su coherencia ideológica (nada que ver con su programa) y está llevando a cabo un proceso desconstituyente a través de una ingente regulación normativa que va a dejar el ya mermado Estado del Bienestar en un exiguo estado al servicio de los intereses privados.

Frente a ello, la izquierda transformadora (más allá del PSOE), tiene una manifiesta incapacidad para aglutinar a la ciudadanía en torno a un proyecto común que pelee la hegemonía a la derecha.

 

La creación de un bloque político y social parece una necesidad que ha sido asumido como prioritario por la izquierda transformadora. Sin embargo, no es una cuestión fácil de solventar y esa debe ser la primera reflexión que debemos abordar. Llevamos más de 30 años perdidos en la pelea del pensamiento y eso requiere décadas para equilibrarlo. Es la primera batalla que ya deberíamos haber empezado.

Proliferan las propuestas para la creación de un bloque político y social. Todas manejan argumentos y soluciones similares. ¿Cómo no es posible que se sumen todas en una sola y avancen en la misma dirección?

Es en este momento, cuando nos encontramos con las dos grandes fuerzas que pugnan entre sí, la intransigencia del partido y el narcisismo tan propio de los dirigentes de la izquierda.

El partido acaba convirtiéndose en una enorme máquina burocrática, con un difícil equilibrio entre sus corrientes que buscan su correspondiente cuota de poder y por lo tanto, con una dificultad innata para abrirse a la sociedad. Al final, el partido deja de ser un medio esencial para encabezar la acción revolucionaria y acaba convirtiéndose en un fin en sí mismo. La burocracia del partido se perpetúa y se propugna el seguidismo, fomentando la profesionalización y los trienios dentro de sus estructuras, más en estos tiempos donde el partido es el único pan para muchos. El partido digiere mal la novedad, los lideres mediáticos y le cuesta adaptarse a la vertiginosidad de este momento histórico.

¿Puede haber transformación sin partido y la capacidad de organización que este conlleva? Parece que no. El propio Trotsky consideraba el partido como guía de la clase obrera en todas sus luchas y le infería un carácter prioritario, obviamente apartándose de su innato carácter burocrático y confiriéndole un carácter de perpetuo cambio.

También nos encontramos con el maximalismo de las posiciones políticas, con la izquierda en el borde extremo de la otra izquierda, con la retórica y la teórica como único argumento más proclive a la tertulia o a la taberna. Siempre habrá quien prefiera ser cabeza de ratón que cola de león. Quien se sienta el protector de las esencias de la izquierda.

Frente al partido tenemos la dialéctica del narcisismo, el líder natural que enerve las masas y las convierta en sujeto revolucionario, el líder que encabece un populismo de izquierdas frente al populismo de derechas que empieza a luchar por el espacio del sentido común y que tiene visos de ganarlo. La izquierda siempre ha estado plagado de líderes y en un momento histórico tan mediático ningún proceso de cambio puede permanecer ajeno a esta realidad. Muchas veces detrás de estos liderazgos sólo se encuentran egos enormes como castillos, con una imperiosa necesidad por escucharse, en retóricas infinitas trazadas a lo largo del tiempo y cuyas capas se agotan a poco que rasques, o simples ambiciones personales que no son cubiertas dentro de la disciplina del partido.

Las soluciones son fáciles, pero a la vez complejas. La historia vuelve a poner a la izquierda en el punto de mira. La historia necesita nuestra aparición para reiterar su máxima de que siempre se repite. Reiteraremos los errores y nos fragmentaremos en múltiples familias, sensibilidades, egos, opciones varias, y destinaremos nuestras energías y parte de nuestra fe laica, a matarnos entre nosotros.

Hoy antes que mañana es necesario:

  • Un partido que sea un verdadero instrumento y que su único objetivo sea la aglutinación de masas.
  • El abandono de la política interna de equilibrios que conducen exclusivamente al mantenimiento de status quo. Tienen que estar los mejores éticamente, políticamente y mediáticamente.
  • La participación como esencia.
  • La discusión política como único elemento para confeccionar un diagnostico compartido.
  • Líderes mediáticos capaces de pelear el sentido común de la ciudadanía y que pueden llegar a su alma.
  • Egos controlados y que obedezcan el criterio máximo de mandar obedeciendo.
  • Generosidad, mucha generosidad de esa que requiere dar un paso atrás para que pasen otros.
  • Ser capaces de asimilar que estamos en otro tiempo, que el pasado no volverá y que el futuro tenemos que volver a construirlo.

El proceso de aglutinación en un bloque social y político tiene su primera parada en las elecciones europeas. ¿ Seremos capaces de no repetir nuestros errores?.

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