Entramos en Honduras. De Tegucigalpa a La Ceiba

Escrito por Skapamerika. Publicado en Skapamerica

22 junio 2013 
 
Empezamos en Honduras con mal pie.
No es que nos pasara nada horrible pero de repente, la gente ha cambiado. Los nicaragüenses nos sorprendieron por su cordialidad, y claro, como tenemos su recuerdo tan calentito la primera gente de Honduras nos cae fatal.
 
El funcionario de la frontera es un cretino maleducado y el conductor del bus un liante.
No tengo razones suficientes y puede que sólo se trate de prejuicios, pero durante los primeros minutos en territorio hondureño siento que nos observan con malicia. Miradas oscuras y ojos cruzados. No me gusta.
 
Nuestra idea es llegar hasta Tegucigalpa, la capital, y pasar la noche allí. Después queremos ir llegando a la costa haciendo un recorrido no muy extenso por algunas poblaciones que creemos que pueden estar bien.
Nos subimos al primer bus de camino a la capital y al poco comienza a diluviar.
El paisaje que vemos por la ventanilla es sencillamente excepcional, me recuerda a Colombia y a Costa Rica, una mezcla de las dos. Es muy verde y montañoso.
 
Antes de llegar al primero de los pueblitos donde debemos hacer el cambio de transporte, nuestro bus se cruza con otro. Entonces ambos paran, y ahí, en mitad del diluvio, sobre una laguna-riada formada por la lluvia, nos dicen que nos bajemos y cambiemos de autobús. Cuando nos montamos en el otro no hay asientos libres así que nos toca ir sentados en el suelo. Por suerte al cabo de poco rato se bajan algunos y podemos coger sitio.
 
El camino hasta Tegucigalpa no es muy largo, lo peor es una vez dentro de la ciudad, que es enorme, sucia y contaminada.
Las barriadas de chabolas se extienden durante kilómetros, el tráfico es criminal.
No es un lugar acogedor, y en medio de la lluvia mucho menos.
 
Según llegamos tomamos un taxi, es la única forma de llegar hacia la zona donde queremos alojarnos. No son muy caros, pero hay que regatear.
Hemos decidido dormir cerca de las oficinas de los transportes que se dirigen hacia la costa. No tenemos ningún interés en visitar la capital, y cuanto menos tiempo pasemos en la calle, mejor. Además, sigue lloviendo, tenemos excusa.
 
Así, bajo la lluvia, atravesamos calles grises, suelos embarrados. Esquivamos vendedores, limpiadores, otros coches, como si fuera una carrera de obstáculos. Nuestro taxista es eficiente y nada hablador.
Habíamos elegido un hostal que venía en la guía por no tener ninguna referencia. Resultó ser una guarrería de sitio, pero no sé por qué, sospecho que la mayoría son así, y tampoco nos sorprendemos.
Dedicamos lo que nos queda de tarde a comprar los billetes de autobús y comer algo. Compramos jamón y queso para hacer sándwiches, en el supermercado. No conseguimos localizar ningún establecimiento mínimamente apetecible.
Para llegar a la oficina de la compañía de transportes le preguntamos a un señor cualquiera que resultó estar como una cuba.
 
Las calles son ruidosas, pero por lo menos ha dejado de llover.
Hay mucho humo de los coches, las aceras están sucias, las paredes también.
Para cuando llegamos a la oficina ya hemos cambiado los planes y hemos decidido viajar directamente a la costa. Nada de pararse por el camino a ver nada. Si acaso después, cuando le hayamos pillado el tranquillo a este país tan hostil.
Queremos sacar dinero para pagar los billetes porque apenas tenemos lempiras, la moneda hondureña, pero el chico que nos atiende nos dice que los cajeros están en el mercado, a unas cuadras, que vayamos en taxi. Le preguntamos que por qué en taxi, ¿está lejos? Y nos responde que no está lejos pero que “es muy peligroso” y que “les pueden matar”.
En fin, negociamos otro taxi, sacamos dinero, regresamos, pagamos los billetes y nos vamos a refugiarnos a nuestra maloliente habitación hasta la mañana siguiente.
Nuestro bus sale a las 5 de la mañana así que toca madrugón.
Mientras salimos de la oficina el chico nos vuelve a recomendar tomar un taxi para llegar hasta allí durante la madrugada. Le respondemos que desde el alojamiento tardamos 5 minutos caminando y nos dice que da igual, “a las 5 aún no ha amanecido” “es muy peligroso” “les pueden matar”. Nunca me había sentido tan cerca de la muerte en toda mi vida.
 
El resto de la tarde-noche la dedicamos a ver la televisión nacional. De vez en cuando pasan una publicidad gubernamental que recuerda que “Honduras está considerado el país más peligroso del mundo” “Hagamos algo por cambiarlo” Considerando la programación de las cadenas nacionales resulta ridículo el mensaje.
Violencia, persecuciones, gritos, niñas embarazadas, celos patológicos, malos tratos, disparos, asesinatos, narcotráfico, chismes y “musicote”… en fin.
 
Nos levantamos a las 4:15, no sabemos cuánto tiempo podemos tardar en encontrar un taxi seguro a las 4:30 de la mañana y al que además le rente una carrera de cuatro calles.
Por suerte aparece uno rápido, un señor que recoge cada mañana a unos ingenieros o no sé qué, y que nos hace el favor de llevarnos. Bueno, el favor se lo hacemos nosotros a él porque la carrera cuesta el tripe que durante el día.
 
Por tratar de no llegar tarde, al final llegamos pronto. El taxista nos deja en la puerta de las oficinas, aún cerradas, sin farolas, y al lado de dos tipos durmiendo en el suelo. Nos dice “cuidado, que por aquí de noche hay gente peligrosa”. Y ahí nos quedamos, como dos lelos, mirando de reojo a uno de los que duermen al raso, que al sonido del coche se revuelve en su sitio.
Al poco aparecen unos chicos con maletas, y detrás unas señoras con un niño pequeño. “Uf! Ya estamos salvados” pensé. Y bueno, lo cierto es que unos minutos después nos subíamos al autobús, uno muy bueno, caro para los estándares hondureños, pero realmente bueno, y salíamos en dirección a la costa.
 
Por el camino traté de no dormirme y mirar el paisaje, quería disfrutar del país aunque fuera protegida por la ventanilla del autobús.
No lo logré hasta el final. El viaje duraba unas 9 horas, de las cuales sólo pude aprovechar las 2 últimas y lo que vi me pareció espectacular.
Qué país tan hermoso y tan feo al mismo tiempo.
 
Hicimos una escala corta en San Pedro Sula (la ciudad más peligrosa de Honduras, tela) y después llegamos a La Ceiba, donde pensábamos dormir.
Allí nos recogió un taxista que decidió que lo que le pagábamos por llevarnos hasta el centro de la ciudad era muy poco, así que nos convenció para llevarnos directamente al muelle desde donde salen los ferry que van a las Islas de la Bahía, Roatán y Utila. Y como, la verdad, no teníamos ninguna razón para no ir en ese momento, pues nos fuimos.
 
Así que esa misma noche la pasamos en Roatán, un pequeño paraíso – infierno, como el resto del país.
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