Aventura en la selva boliviana (I)

Escrito por Skapamerika. Publicado en Bolivía

6 de octubre 2012

 

Un pequeño coche nos lleva a nosotros tres y a Renato y a Rosa, guía y cocinera, y además marido y mujer, hasta la Comunidad del Colorado, una de las entradas a la Reserva Pilón – Lajas.
La Comunidad del Colorado está compuesta por unas 20 familias de la etnia Chiman, una de las tres etnias que viven en esta parte de la selva boliviana (tacanas, mosetenes y chimanes).
Los chimanes son seminómadas y son cazadores y agricultores, y apenas conocen el castellano, su lengua es el chimán.
Como casi todos los indígenas bolivianos, son muy tímidos, y no están muy acostumbrados a ver gringos en su comunidad, así que nos esquivan todo el rato.
El plan es pasar esta primera noche en la comunidad, por eso damos una pequeña vuelta de reconocimiento  terminamos acampando en la orilla de un arroyo a las afueras.
Renato es el macgiver boliviano y con sus machetes y unos cuantos troncos es capaz de conseguir cuerdas y soporte para el campamento. Un par de plásticos para el suelo y el techo y unas mosquiteras terminan de componer nuestro acogedor hogar.
Rosa cocina como los ángeles, y hace un fuego en microsegundos. Además, la comida, aunque sea poco elaborada, cocinada al fuego de madera sabe más rica.
 
Así nos las deseábamos en la selva; una rica cena, un campamento idílico y un sueño placentero…  y así mismo, así de relajaditos nos pilló la lluvia.
Primero un inofensivo calabobos con algunos relámpagos a lo lejos. Después la lluvia que empieza a arreciar, y los truenos que se oyen cada vez más cerca…
Decidimos que casi la mejor idea es desmontar el campamento e irnos a dormir a la antigua escuela de la comunidad. Y mientras recogemos y nos vamos la lluvia parece que termina.
 
Pero en cuanto entramos en la escuelita… empieza el apocalipsis! Un tormentón como no habíamos visto en la vida. Lluvia, viento en todas direcciones, truenos que rompen el cielo y relámpagos tan seguidos que la noche se convierte en día.
La escuelita no tiene vidrios en las ventanas, así que el agua entra por todas partes, nos empapa la ropa, las mochilas, las mosquiteras… TODO! Y el suelo se convierte en una laguna que tenemos que achicar con ayuda de ramas y zapatos.
Renato tapa las ventanas con los plásticos y parece que hay un poco más de paz, aunque al asomarnos a la puerta, el mundo parece que se termina allá afuera.
 
Mientras Alain, Cesar y yo volvemos a montar una especie de “campamento” sobre el suelo mojado, Renato masca coca, fuma y bebe alcohol potable en una especie de ritual a la Pachamama, disculpándose por no haberle pedido permiso para entrar en la selva, y rogándole que pare la tormenta. Nos dice que cree que sobre las 12 de la noche parará, y no sabemos qué pasa, pero lo cierto es que sobre las 12:30 la tormenta amaina y podemos dormir.
 
A la mañana siguiente nos damos cuenta de que la lluvia había hecho crecer el arroyo hasta unas 10 veces su tamaño, así que si nos hubiéramos quedado a dormir allí el agua  nos hubiera arrastrado seguro.
Después de una tormenta así, en la selva, los caminos están imposibles, llenos de lodo y de árboles y ramas caídas, así que decidimos esperar un día más antes de salir para que el lodo se seque y baje el agua de los arroyos del camino.
Renato nos confiesa que aunque prácticamente ha crecido en la selva, esta Reserva no la conoce, así que necesitamos otro guía que nos lleve hasta una laguna que se encuentra en el camino.
Así es como Javier, un señor de la comunidad chimán, termina caminando con nosotros los siguientes días.
 
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Fútbol en la comunidad del Colorado
 
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Comunidad del Colorado
 
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Javier, nuestro guía chiman
 
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