Aventura en la selva boliviana (II)

Escrito por Skapamerika. Publicado en Bolivía

7 de octubre 2012
 
¿Y cómo se nos dan los siguientes días? Pues imaginaros… Caminar por la selva no es relajante, no es una ruta por la montaña.
El camino es duro, hay que meterse hasta las rodillas en el barro, hay que esquivar lianas, ramas, saltar troncos, que aparecen continuamente por donde menos te lo esperas. También hay que esquivar insectos, orugas urticantes, nidos de avispas, de termitas, hormigas 24 horas (son unas hormigas enormes que se llaman así porque es lo que tarda en desaparecer el dolor de su mordedura), hormigas 12 horas, abejas, serpientes…
Y cuando se llega a un río, o a una laguna, no se puede uno dar un rico baño, sino que hay que tener cuidado porque en el agua puede haber pirañas, o rayas, o caimanes, o anacondas…
Y cuando se está en el campamento haciendo tiempo para la cena o lavando ropa, hay que estar atento de las hormigas y las arañas que suben por el cuerpo, o con las hormigas tijera que se comen las mochilas, o las cientos de avispas que te rodean todo el día hasta que por fin se hace de noche y la esterilla bajo la mosquitera recoge nuestros cuerpos sudados, cansados, agotados, molidos, y empieza el concierto de las aves.
Lo mejor, lo mejor de la selva son los sonidos, la música de la naturaleza.
 
En fin, los siguientes días fueron un reto constante, con muy pocos momentos de tranquilidad (o ninguno).
Por el camino nos encontramos con algunas familias chimanes que viajaban de una comunidad a otra, pero en dirección contraria a la nuestra, desde San Luis Chico hasta El Colorado. Y es bastante impresionante ver caminar a niños muy pequeños, descalzos, en medio de la selva.
A veces les comprábamos caza o pesca, normalmente charque, que es carne o pescado seco, pero otras veces las familias habían cazado un chancho de tropa (parecido al jabalí), y les comprábamos un trozo de carne fresca… y llena, y cuando digo llena digo LLENA de moscas…
 
Por fin, al quinto día de caminar llegamos a la comunidad de San Luis Chico, que nos parece el paraíso. Dormimos en la entrada de la escuelita, nos bañamos en el río, comemos chancho y plátano frito, y pasamos un día tranquilo de verdad.
Jugamos con los peques, que se esconden de nosotros, vamos de pesca, y espiamos a la comunidad por la noche, cuando se reúnen todos delante del único televisor para ver una película.
 
Al día siguiente salimos en barca por el río Quiquibey, que más a delante desemboca en el río Beni.  Por la época de la año en que nos encontramos, el fin de la estación seca, el río lleva tan poca agua que cada dos por tres nos quedamos atorados en un banco de arena o de piedras y tenemos que bajar a empujar.
Durante día y medio viajamos en barca, acampamos en un saliente de arena precioso por el camino, y al octavo día llegamos a Rurrenabaque.
 
Estamos sucios, cansados, y tenemos cientos de picaduras y golpes y heridas y moratones.
Pero estamos contentos, porque sabemos que esta ha sido una experiencia de las importantes, de las que no se olvidan fácilmente.
 
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Encontramos familias chimanes por la selva
 
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Los niños de la comunidad San Luis Chico
 
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