Chaunaca - Potolo (parte I)

Escrito por Skapamerika. Publicado en Bolivía

11 agosto 2012

Estando en Sucre nos interesamos por una región que a pesar de estar a sólo unos 40km de la ciudad, se encuentra a años luz de la ordenada capital.

Esta zona rural está habitada por los Jalq’a, una comunidad indígena que continúa hablando principalmente en quechua y que ha decidido “integrar” al turista sin renunciar sus costumbres.
Cuando intentamos informarnos sobre cómo acceder a esta región sin contratar un tour nos encontramos con un montón de dificultades.
En la oficina de turismo nos dicen que cerca de la entrada a estas comunidades hay un destacamento de policía turística que no va a permitirnos entrar. Además, dicen que es obligatorio contratar un guía porque no vamos a poder comunicarnos en castellano.
Por otra parte, no hay ningún mapa de senderos de la zona (no hay mapas de senderos de ningún sitio!) y parece que es bastante fácil perderse.
 
Aún con todo seguimos empeñados en ir por nuestra cuenta así que seguimos preguntando, y descubrimos que en algunas de las comunidades hay una especie de “refugios” gestionados por la misma comunidad en los que es posible alojarse.
Por suerte damos con la oficina de información turística de la universidad, que resulta ser donde obtenemos la mejor información.
Nos dicen que no hay tal policía turística esperando en ninguna entrada, que de ser necesario podemos encontrar guías en las mismas comunidades y que nos pueden explicar más o menos los senderos que hay.
 
Pues no se hable más, el día 6 de agosto, fiesta nacional de la República Plurinacional de Bolivia, salimos tempranito y tomamos un micro que nos deja en la parada Ravelo, a las afueras de Sucre.
Allí hablamos con el conductor de un camión que nos lleva hasta Chaunaca, el poblado donde queremos empezar la ruta.
Los 40km de viaje en camión son una tortura china, bueno, boliviana.
A nuestros pies hay un cerdo metido en un saco de patatas que no deja de chillar y de enredársenos entre las piernas. A la derecha un señor toma posiciones y me espachurra contra las paredes de madera del camión y contra César. A la izquierda un niño escala los sacos y demás bártulos de la gente, se cae, se cuelga, pide comida y se duerme.
La gente se sirve refrescos en vasos de plástico, que con el traqueteo del camión se desparraman y salen despedidos en todas direcciones. Y para colmo el camión está abierto, no tiene techo, y las paredes y el suelo son tablones de madera unidos de una forma algo… digamos inestable, así que el polvo rojo del camino se cuela por todas partes… Cuando llegamos por fin a Chaunaca tenemos tanta mierda encima que parece que llevamos andando dos días!
 
Tenemos ganas de empezar así que comenzamos la ruta, que resulta ser realmente bonita.
Seguimos la vereda del río, cruzamos un puente, y empezamos a subir.
Como era de esperar, a pesar de haber preguntado doscientas veces por los senderos, nos equivocamos en más de una ocasión.
El sendero que seguimos se cruza con otros muchos senderos que van en diferentes direcciones y que nos hacen dudar, pero tenemos suerte y encontramos algunas personas por el camino que más o menos saben indicarnos por dónde seguir. Digo más o menos no porque no sepan hablar castellano, o porque no conozcan el camino, sino porque no saben indicar… “ahisito a un ladito” ”ahisito mismo” “para yá” “el camino que sube” son las típicas indicaciones con las que nos encontramos.
 
No sé cómo después de unas cuantas horas y unas cuantas vueltas llegamos a Maragua, nuestra primera parada, una comunidad preciosa establecida en medio de un antiguo cráter.
El paisaje al llegar recuerda a un enorme plato de sopa. La población está rodeada por paredes circulares y de colores, como si el suelo se hubiera levantado para mantener agua en su interior. Y algo así debió de ocurrir ya que el nombre de Maragua viene de la combinación de dos palabras Mar y Agua, una laguna salada ocupaba el espacio que hoy es el pueblo.
 
Cuando llegamos casi todo el mundo está en la escuelita celebrando la fiesta patria. Compramos refrescos al no encontrar agua, y preguntamos dónde está la encargada del refugio.
Nos envían a “donde Aniceto” a preguntar por la Sofía y allá que vamos, pero en donde Aniceto nos dan con la puerta en las narices sin mediar palabra.
Un niño nos dice que su tía Pastora es quien ahora lleva el refugio, y nos manda a su casa “esa nomás, la que está abierta”. Y venga a casa de la Pastora, que como no podía ser de otra manera la encontramos vacía.
Decidimos entonces ir directamente al refugio, a ver si es que había allí una oficina donde nos estaban esperando ( a veces cuesta no pensar como un gringuito, qué pasa) pero previsiblemente allí tampoco encontramos a nadie.
 
En fin que hartos, cansados, sudados y muertos de hambre resolvemos que la mejor opción es no moverse, que nos quedamos en la puerta del refugio hasta que llegue alguien, y que si no llega nadie pues intentamos que alguno de esos señores tan hospitalarios nos deje un rinconcito en su cabaña.
Cuando llevábamos 5 minutos esperando aparece a lo lejos una señora que (oh milagro) resulta ser la Pastora! por fin! Nos abre el refugio y la adoramos. No podemos ducharnos porque no hay agua pero la adoramos igual. Nos intenta vender unos tejidos y al final como la adoramos tanto hasta le compramos una pulsera cada uno.
 
La noche cae rápido, no hay ningún ruido, el cielo está espectacular y a las 19h nos dormimos como angelitos… qué paz por dios!
 
gDSCF2268
Los chavales llegan al cole en Maragua.
 
gDSCF2306
La Pastora
Powered by Bullraider.com

En ruta 180

Metroesferic

skapamerica square

Los Paddington square