Santa Marta y Parque Nacional Tayrona

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

29 abril de 2013
 
Mientras nos dirigimos hacia Santa Marta nuestro autobús hace alguna parada corta en lugares de paso en el camino. Y sin darnos cuenta nuestro recorrido pasa muy muy cerca del lugar que inspiró a Gabriel García Márquez en la construcción de Macondo. El pueblo de sus antepasados se convirtió en el pueblo de todos los antepasados colombianos.
 
La carretera que lleva al caribe es  polvorienta y caliente. El Sol hace arder la tierra marrón, bajo los neumáticos, bajo las plantas de los pies.
Los árboles, al borde de la carretera, crecen firmes sobre una verde capa de hierba salvaje.
Atraen mi mirada durante todo el viaje. Serenos, elegantes. Hay una armonía perfecta entre sus troncos y sus ramas. Son abuelos amorosos, grandes y solemnes.
La naturaleza colombiana me emboba, de sur a norte.
 
Llegamos ya de noche a Santa Marta y nos alojamos en un sitio barato de un barrio popular, cerca del mar. Aquí la playa es feucha, pero aun así no puedo dejar de acercarme, a sentir la brisa, a escuchar las olas, a oler la sal.
Cuánto tiempo sin vernos, amigo. Mi piel te extrañaba.
 
A la mañana siguiente preparamos un poco de equipaje para pasar unos días en Tayrona, el famoso Parque Nacional del caribe colombiano, que queda tan cerquita de Santa Marta.
La Sierra Nevada que en su pico más alto alcanza casi los 6000 msnm, se deshace en una frondosa selva que se extiende hasta casi la orilla del mar.
Esa franja de selva y mar es Tayrona.
 
El autobús nos deja en la entrada de la entrada oficial, pagamos y una furgo nos acerca a la entrada de verdad.
Desde allí caminamos cerca de dos horas hasta el Cabo de San Juan, la última zona de acampada.
Estrenamos nuestra tienda de campaña boliviana con cierta desconfianza pero sin tener más remedio, y nos acercamos a la orilla.
¡Qué delicia la arena blanca entre los dedos de los pies! ¡Qué gusto el agua salada, templada, azul!
Las olas rompen desde lejos, y se llevan la playa y la traen otra vez.
Y rompen también, se descorchan, salpicando de espuma las espaldas redondeadas de gigantes de piedra, las murallas naturales del paraíso.
 
Las palmeras mecen sus hojas como dedos delicados. Un baile reposado, seductor, en la luz de una tarde que se está terminando.
Y creemos que estamos soñando, o mejor, que ese sueño está soñando con nosotros.
Por la noche descansamos arrullados por el mar, envueltos en una capa de salitre.
 
Decidimos quedarnos en Tayrona hasta que se nos termine la plata que hemos traído, y tratamos de gastar lo menos posible para estirarla más y más.
Esos días no hacemos nada más que disfrutar. Nos despertamos con la luz del amanecer y el primer baño, aún fresco, nos despereza antes de que el Sol empiece a calentar.
Al tener la selva tan cerca, damos algunos paseos en su interior. Entonces todo cambia. El rumor del mar se apaga, y a cambio se escucha el rugido de los monos aulladores, los pasos de los tapires y las capibaras, los silbidos de hojas rotas de serpientes amarillas.
Una selva en toda regla. De lianas y de ríos.
De árboles primarios, descomunales, altísimos, con pieles ásperas de elefantes viejos.
De raíces anchas como intestinos, como enormes lombrices que surcan, abren y despedazan la tierra.
De autopistas de hormigas tijera, de mariposas, de insectos.
Pero esta vez la selva tiene truco, no hay por qué sufrirla. Nuestra casa está cerca y el mar nos espera.
 
Después de algunos días se acaba el dinero y hay que regresar.
Nos marchamos con el pelo enmarañado de arena y sal. Con la piel más tostada, agradecida por la luz. Con picaduras de mosquitos y garrapatas en los tobillos.
Y con un recuerdo en la frente, de mar brillante, de nubes naranjas, de lluvia fina.
Adiós amigo, hasta pronto.
 
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