Alausí y Guamote

Escrito por Skapamerika. Publicado en Ecuador

11 febrero de 2013
 
De camino a Guamote paramos en el pequeño pueblo de Alausí, que no tiene mucho para ver salvo un minúsculo casco antiguo y una de las pocas Estaciones de tren que funcionan hoy en día en Ecuador.
Hace años, la línea de ferrocarril de Ecuador unía Guayaquil con San Lorenzo, al noroeste, haciendo frontera con Colombia. A medida que se fueron construyendo carreteras por todo el país, la línea fue quedando en desuso hasta que finalmente se abandonó.
Desde hace algunos años el gobierno ha comenzado a restaurar estas líneas pero solo para fines turísticos. Sólo están acondicionados algunos tramos de la vía, pero todos ellos tienen algún tipo de interés, especialmente paisajístico.
 
Los billetes suelen ser siempre de ida vuelta y mucho más caros que el transporte por tierra.
Desde Alausí se puede hacer un recorrido corto hasta La Nariz del Diablo. El trayecto es bonito, aunque no espectacular, y es la turistada del pueblo.
Nosotros teníamos muchas ganas de montar en el tren de Ecuador así que para allá que fuimos.
 
Cuando llegamos a la última parada, un grupo de bailarines de la comunidad nos dio la bienvenida con bailes tradicionales… vamos, que nos encantó…
Lo más interesante del paseo fue ver cómo funcionaban los vagones, que son antiguos, cómo se turnaban para dar paso por la única vía que hay, y cómo hacían en cambio manual de vías.
Lo demás, pues eso, una turistada muy turística.
 
Al día siguiente marchamos a Guamote, un pueblito enano cuyo único interés es el mercado de los jueves.
El autobús nos deja en la carretera principal y de ahí hay como 1km andando hasta el centro del pueblo.
 
El pueblo tiene una disposición muy rara, nada que ver con los pueblos coloniales a los que ya nos habíamos acostumbrado, donde el centro siempre suele ser una gran plaza con una iglesia.
En este caso la catedral está muy alejada del centro, que es justamente la vía del tren, aún en reparación.
 
Cuando preguntamos a unos paisanos apareció un señor muy simpático que, al enterarse de que éramos españoles, nos llevó en su coche a buscar un alojamiento, aunque no era necesario porque ¡el pueblo es muy pequeño!
Nos contó que había vivido unos 10 años en España, primero en Madrid y luego en Sevilla, donde él y su mujer habían trabajado para la familia Domecq. El señor sólo guardaba buenos recuerdos de nuestro país, hasta tal punto que había pegado una fotografía enorme de la Virgen del Rocío en la ventana trasera del autobús que se había comprado a su vuelta.
 
Por fin encontramos un alojamiento genial, muy acogedor, regentado por unos chavales.
A la noche salimos a cenar. Apenas hay lugares donde comer, y además todos cierran antes de las 21h.
Después de cenar (o merendar que es como lo llaman aquí, y que por la hora, es lo que parece) nos acercamos a comprar agua a la única tiendecita abierta que vimos, otra vez nos volvieron a sorprender sus propietarios, un matrimonio joven con dos peques, que también había vivido 12 años en España ¡estos en Vallecas!
Bueno, estuvimos más de una hora poniéndoles al día de las novedades, rememorando la gastronomía, la cultura del bar, hablando de calles y lugares compartidos.
Ellos, como todos, habían vuelto por la crisis. También ellos habían caído en las “facilidades hipotecarias”. Por suerte decidieron regresar dos años atrás, y como son extranjeros, para ellos sí que funcionó lo de la dación en pago.
 
Hacia las 7 de la mañana nos despertaron chillidos de animales. Empezaba el show. Todo el pueblo de Guamote se había convertido en un inmenso mercado.
Los indígenas de las comunidades vecinas bajaban al pueblo con sus mercancías para vender y comprar todo lo vendible y comprable. Sombreros, cuerdas, fruta, verdura, maíz, carne, muebles, cocinas, vestidos, telas… ¡todo! Aunque la parte más curiosa era la de compra – venta de animales; gallinas, conejos, cuyes, vacas, cerdos, cabras… y todos chillaban, mugían, balaban, cacareaban… entre los gritos de los vendedores, los empujones, las plumas… un absoluto espectáculo.
 
Si a César le gustan los mercados, imaginaros éste… un paraíso fotográfico, una fuente inagotable y continua de experiencias sugerentes.
Nos pasamos cerca de cinco horas dando vueltas por las calles de Guamote, con paradas para  hacer pis al baño de nuestra habitación y para comer por la calle un chancho asado bien rico.
Íbamos desde la zona de los animales a la placita donde dos señoras cantaban canciones en quechua, cruzábamos las vías esquivando a las vacas y entrábamos en la zona del pan. Luego los puestos de zapatos, de ropa moderna, de ropa tradicional… y luego sacos gigantes con diferentes tipos de maíz, y el puesto de las frutas con miles de bananas.
Y una viejita que se tropieza, y una señora que empuja y un niño que mira curioso…
 
En fin, una maravilla de lugar, sin apenas gringos (nos encontramos con tres) y sin duda el mejor mercado de toda Sudamérica.
Esa noche dormimos como bebés, agotados del trajín del día. A la mañana siguiente, marchamos a Riobamba.
 
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