Utila bajo el mar.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Honduras

3 julio 2013. 
 
Cuando llegamos a Utila nos dirigimos directamente a “Paradise Divers” la escuela de buceo que nos había recomendado Alejandro.
Allí conocimos a Pisa, un madrileño que trabaja como instructor de buceo en Utila desde hace algo más de tres años.
El curso Open Water, a través del cuasi monopolio PADI costaba aproximadamente unos 250$, incluyendo además del curso en sí, dos buceos gratis, otros dos buceos por 10$ más (que sumados al total hacen los 250$ y son opcionales) y el alojamiento durante todo ese tiempo.
El alojamiento tiene cocina y wifi. Los equipos de buceo están bastante bien y tienen un pequeño barco preparado.
La escuela es modesta, en Utila pueden encontrarse otras más “lujosas”, pero Paradise nos pareció genial.
Nos quedamos, y ese mismo día empezamos el curso.
 
Primero unos vídeos y unas clases y unos ejercicios por escrito. Aprendimos a preparar el quipo y al día siguiente… ¡al agua!
 
En el Paradise convivíamos con un grupete muy majo; Christian, un chileno de Puerto Montt que terminaba el curso de instructor, Ana, francesa, Luis, mexicano-californiano y Jose, catalán, terminaban el curso de Dive Master. También un chaval de Israel acababa el curso Advanced.
Por el momento nosotros éramos los únicos novatillos pero al día siguiente apareció Aitor, un mostoleño y Emmy, una finlandesa.
Un chico de Canadá que viaja cada año a Utila para bucear terminaba de formar el quipo permanente de buzos. Menuda pandilla…
 
Tengo que reconocer que cuando nos preparamos para la primera inmersión empezamos a ponernos nerviosos. No es lo mismo la teoría que la práctica, y había que tener muchas cosas en mente, por lo menos al principio.
No hay que olvidar que los cambios de presión afectan y tienes que saber cómo solucionar esos problemas antes de entrar en el agua. Hay que saber las señas para comunicarte ya que no podremos hablar. Y lo más importante, conocer el funcionamiento del regulador, el aparato por donde se respira, que de hecho es lo que te permite no morir debajo del agua…
En fin, con todos esos nervios y dudas, y aún moviéndonos como patos, nos calzamos el equipo y nos lanzamos al mar.
El chaleco bien inflado para no hundirnos con el peso de los plomos y del tanque de aire. El regulador metido en la boca. El corazón latiendo deprisa.
 
Pisa y Christian nos hacen la señal, para abajo, desinflamos el chaleco y empezamos a descender. Descendemos muy despacio porque por los nervios, respiramos más de lo que debemos y nuestros pulmones siempre están llenos.
La primera respiración bajo el agua es muyyy rara. Muy rara e incómoda. No me gusta.
A medida que se desciende se nota la presión de los oídos y hay que ecualizar (taparse la nariz y hacer el gesto de sonarse, para descomprimir la presión que se acumula en los oídos, como cuando vamos en un avión)
A veces la presión molesta tanto que duele, y nos ponemos nerviosos, pero los instructores son geniales y nos transmiten mucha tranquilidad.
 
Durante la primera inmersión, que no es muy profunda, hay que hacer muchos ejercicios para acostumbrarse a estar bajo el agua y para aprender a resolver los problemas tontos. Quitarse y ponerse las gafas, quitarse y ponerse el regulador, practicar señas.
A mí me se me hace larguísimo. Me da mucha angustia quitarme el regulador, no olvidarme de seguir soltando el aire por la boca, de ecualizar cuando los oídos se me taponan. Volver a ponerme la máscara y vaciarla de agua se me atraviesa y tardo un buen rato.
 
Por fin termina la primera tortura de inmersión y subimos al barco. Por un lado lo hemos pasado fatal, pero por otro… por otro hemos descubierto algo, aún no sabemos qué es.
La segunda inmersión es 30 minutos después. Yo aún no sé si quiero volver a intentarlo pero me relaja pensar que esta segunda inmersión es recreativa, es decir, nada de ejercicios.
Volvemos al agua, otra vez descendemos. Ecualizamos, respiramos, despacio, descendemos… y empezamos a bucear.
Nos impulsamos con las aletas y como somos novatos también con las manos. Nos escoramos para los lados, levantamos la arena y jodemos la visión al resto. Tocamos sin querer el coral y nos corrigen por señas “¡Ojo! ¡Eso no!” Vaya dos paquetes… jajaja.
Estamos tan acojonados que no podemos disfrutar del todo de nuestro entorno que es… hermoso. Peces de colores, algas palmeadas que se mueven con las olas como mecidas por un viento que no hay. Una morena verde, gigante, se esconde entre las rocas, un pez trompeta nos mira asustado, una familia de calamares baila para nosotros cerca de la superficie…
Y mientras, el olor del aire embotellado nos aturde y se nos seca la garganta. Ecualizamos cada pocos segundos, tocamos el tubo del regulador para saber que sigue en su sitio. Nos revisamos todo el equipo, nada se ha movido, estamos a salvo.
Qué extraña mezcla de sensaciones positivas y negativas. Qué embrujo más raro el vivir bajo el agua.
 
Cuando salimos no sabemos qué pensar.
“¿Mola no? – sí ¿no?, pero… - ya, pero… sí – pero mola ¿o qué?”
No podemos decirlo. Bucear es una auténtica pasada. Al principio es incómodo y sientes un peligro constante, aunque no es real. Bucear es mucho más seguro de lo que parece.
Y los paisajes bajo la superficie rivalizan con los que están sobre ella.
Vemos muchos más animales diferentes en un rato de buceo que en un año de viaje.
 
A partir de ese momento el buceo se fue convirtiendo en una especie de adicción. No hay ninguna sensación en la superficie que se parezca a bucear.
El silencio que hay bajo el agua, la interacción con la naturaleza. El sonido del aire en el regulador es como un mantra. Nuestros movimientos, cada vez más controlados, nos acercan a un estado de meditación, de tranquilidad total.
También nos reímos bajo el agua, hacemos tonterías. Aprendemos poco a poco a controlar nuestros pulmones para ascender y descender. Aprendemos también a no asustarnos cuando algo no marcha correctamente.
Definitivamente nos hemos enganchado. Esto es droga dura.
 
Cuando estamos terminando el curso Open Water ya hemos decidido que tenemos que continuar así que nos apuntamos para hacer el Advanced.
Y durante el Advanced hacemos inmersiones a 30 metros (descubrimos profundas paredes de roca que se pierden en la oscuridad), buceamos durante la noche (donde todo cambia, unos animales duermen, otros como las langostas salen a pasear, y el plancton fosforescente se arremolina a nuestro alrededor), visitamos misteriosos pecios (que son aún más intrigantes en persona que por la televisión), e incluso un día tenemos la oportunidad de bucear con tiburones de arrecife… vaya subidón de adrenalina.
El curso Advanced nos cuesta otros 250$ aprox, e incluye lo mismo que el Open Water.
Nos hubiera encantado seguir pero tenemos que economizar… qué pena.
 
Releyendo lo que he escrito hasta ahora me da la impresión de haberme quedado muy corta. No sé si he sabido transmitiros todo lo que pudimos vivir esas semanas bajo el agua de Utila.
Si alguno de vosotros está dudando si hacer el curso o no, le digo que lo haga. Que lo haga y punto. Que no se arrepentirá.
 
Sobre la superficie de Utila lo pasamos también muy bien. Conocimos a bastante gente, a muchos españoles que han llegado hasta allí para trabajar en el mundo del buceo.
Nos inflamos a comer “baliadas” que son una especie de burritos hondureños rellenos de cualquier cosa, y también a pescadito fresco, atún y pez espada para ser exactos, lo que cada mañana traía El Zorro, uno de los personajes con los que nos encontramos.
Sobre todo alucinamos con la fauna terrestre, la humana especialmente. La mezcla de garífunas con descendientes de bucaneros, con hondureños del continente, con extranjeros establecidos aquí. Y el popurrí lingüístico, el inglés mascado y escupido, el español con acento yanqui, el “ejque” y el “chaval” de los madrileños.
Y también nos cansamos de la mala leche de los nativos. Qué carácter más atravesado tienen los tíos. Qué rancios y qué bordes. Pero bueno, es su casa, y es lo que hay.
 
Después de un par de semanas nos despedimos del Caribe. Hasta yo estoy saturada de calor y de mosquitos, así que imaginaros cómo está Cesar… al borde de un ataque de nervios.
 
Tiramos para el norte, para Copán Ruinas, junto a la frontera guatemalteca.
Quedamos en encontrarnos más adelante con Aitor y Nacho (otro madrileño, de Chamberí), quién sabe si en Copán, o ya en Guatemala.
 
En fin que nos vamos. Y a partir de ese momento, justo desde que decidimos que no habrá más buceo por el momento, exactamente en ese instante empezamos a echarlo de menos.
 
 

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