San José del Pacífico

Escrito por Skapamerika. Publicado en Mexico

30 septiembre de 2013
 
Cuando llegamos a San José del Pacífico, tras haber tenido que cambiar de furgoneta debido a un bloqueo a mitad de camino (creemos que fueron los maestros en huelga pero quién sabe), en el pueblo diluvia como si no hubiera mañana.
Nacho sale a nuestro encuentro en cuanto bajamos de la furgo. Besos, abrazos, puestas al día. Nos dice que ha localizado un alojamiento bien barato y con las mejores vistas del entorno, así que nos calzamos las mochilas y subimos una larga cuesta bajo la lluvia.
La calle se ha convertido en un río en toda regla y tenemos que andar con cuidado. Cuando llegamos al final de la cuesta tenemos que subir unas precarias escaleras de madera que, por la lluvia, hoy son una catarata. 
El final de la catarata es el final de la gymkana, llegamos a "La Cumbre", nuestro alojamiento por los próximos tres días.
 
San José del Pacífico es un pueblo situado en lo alto de la sierra oeste de Oaxaca, a unos 2500msnm. Se encuentra a mitad de camino entre la ciudad de Oaxaca y la costa pacífica. Es un lugar hermoso, verde, y famoso entre los viajeros porque aquí se recogen y se venden setas alucinógenas. También se recogen y se venden setas no alucinógenas, pero digamos que el mercado principal se lo llevan las otras.
Entre los nuevos hippies se considera un lugar especial, un poco mágico, donde suceden cosas raras.
Y el caso es que sí, que nos sucedieron algunas cosas raras.
 
Durante los tres días que pasamos allí no deja de llover. Nada, en absoluto, ni un poquito. Día y noche sin parar. Sólo paró la última noche, coincidiendo con la celebración de la independencia mexicana, lo que fue todo un detalle ya que la gente pudo salir a la plaza a festejar tan importante fiesta nacional.
Mientras tanto algunas provincias del resto del país están sufriendo gravísimas riadas e inundaciones, como en el estado de Guerrero, donde está Acapulco, y la costa de Oaxaca hacia el Pacífico, y el Estado de Veracruz, que da hacia el golfo de México. Por lo visto dos huracanes se activaron a la vez, el Manuel y el Ingrid, uno por el Pacífico y otro por el Atlántico. Un absoluto desastre.
 
Como nos instalamos en "la cumbre" nada más llegar, y era tan coñazo bajar al pueblo teniendo que hacer la gymkana otra vez de ida y vuelta, o de noche (más difícil todavía), nos quedamos prácticamente los tres días metidos en el alojamiento. O en nuestra habitación, o en los espacios comunes, o en el comedor. 
El alojamiento está distribuido por la montaña en pequeñas casetas así que cada vez que queríamos subir a la cocina o bajar a hacer pis teníamos que remangarnos los vaqueros, ponernos el poncho y con cuidadito de no matarnos por el camino, subir y bajar y subir y bajar unas escaleras, cuestas, barro, piedras, en fin, super cómodo.
Para colmo nos habían llegado informaciones de que había habido derrumbes en ambos sentidos de la carretera (es decir, tanto hacia Oaxaca como hacia Zipolite, en la costa) y que el camino estaba bloqueado. Aunque quisiéramos irnos ¡no podíamos!
Tuvimos que renunciar a visitar San Mateo, un pueblito cercano del que nos habían hablado muy bien, y salir a recoger setas, la razón principal por la que queríamos venir.
Sin embargo, el estar encerrados todo el día nos permitió conocer a todos los demás alojados (rehenes); unas chicas mexicanas, un valenciano, un chico de querétaro, otra del df, una norteamericana de Seattle, una parejita de Oaxaca, un grupo de amigos de no sé dónde...
Como no teníamos nada mejor que hacer nos dedicamos a beber mezcal y a jugar a las cartas, beber mezcal y jugar a las cartas, y después ya solo a beber mezcal... agarramos una cogorza bastante seria, y éramos muchos los encogorzados, la cosa tuvo su gracia.
A la mañana siguiente amaneció el hostal completamente catatónico.
 
La noche del grito de independencia pudimos bajar al pueblo y comer con todos en la cena popular que se celebra en la plaza. Las niñas vestidas con los colores de la bandera cantaron el himno y se gritaron vivas a los héroes del país.
Esa noche nos dijeron que quizás (y cuando dicen quizás en México quiere decir que hay muy pocas probabilidades...) abrirían la carretera a la mañana siguiente. Así que por si acaso era verdad, nos levantamos temprano y bajamos con nuestras mochilas al pueblo, esperando que si se abría la vía, algún alma caritativa nos recogería por el camino.
Esperamos desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Entonces dieron el aviso de que sí, que despacito se podía ir saliendo del pueblo.  Y nos pusimos a caminar, sin pensarlo muy bien. Y antes de que hubiéramos siquiera asomado la punta del dedo gordo de la mano izquierda para hacer autostop, se paró a nuestro lado una gran camioneta. Acto seguido bajó el conductor, un chaval joven, que nos preguntó... ¿Son españoles?¿Hablan Armenio?¿Son de Segovia?¿De Lanzarote?
A lo que respondimos... ¡Sí!¿Perdona?No... Bueeno...
Total, que nos dijo que nos llevaba hasta Oaxaca y nos subimos.
Pero al par de kilómetros paró a un lado de la carretera y se bajó. "Yo no paso de aquí" nos dijo, "pero voy a hablar con mi amigo"
Edgar, el chico que nos preguntó si hablábamos armenio se acercó a hablar con Erick, su colega de toda la vida y a quien acompaña y ayuda en su trabajo como transportista. Nos recogieron encantados. Y no sólo eso. Nos invitaron a almorzar cóctel de camarones en casa de un amigo que habían hecho durante el bloqueo por el derrumbe. También nos esperaron para que compráramos mezcal en el pueblo de Miahuatlán, famoso por producir el mejor mezcal de México (y por tanto del mundo... )
Nos llevaron hasta la ciudad de Oaxaca, y por el camino compartimos miles de conversaciones, anécdotas, historias, inquietudes, penas y risas.
Una vez en la ciudad, nos invitaron a casa de un matrimonio amigo suyo que vive en Etla, a pocos kilóetros de la ciudad. Blanca y Nicolás nos convidaron a frijoles, a deliciosas quesadillas, e incluso nos dejaron su cama para que durmiéramos allí.
Pasamos una agradable noche bebiendo cervezas y escuchando folclore mexicano y narcocorridos.
 
A la mañana siguiente había pan y café preparado cuando nos despertamos, y también un almuerzo de sopa de camarones que no hubo manera de poder rechazar.
Conversamos de sobremesa y nos despedimos con mucho cariño, de todos, de esa gran familia mexiacana que ahora también es un poco nuestra.
Desde aquí gracias, gracias a Blanca y a Nicolás, gracias a Erick y a Edgar. No solo tendréis un espacio en nuestra memoria sino también un pedacito de nuestro corazón.
 
Con esa sensación de que el mundo es un lugar bello a pesar de que muchos se empeñen en estropearlo, regresamos los tres a la ciudad de Oaxaca.
Pasaríamos aún otros dos días con Nacho, esta vez en el alojamiento de los mosquitos, que mágicamente habían desaparecido.
Vagueamos, cocinamos, bailamos danzón de veracruz y comimos pozole. Y... sí, seguimos bebiendo mezcal.
Teníamos que continuar el viaje (nos quedan apenas 20 días de felicidad en México...) y teníamos que dejar de beber mezcal (por dios, sí) así que al tercer día agarramos nuestras cosas y nos dirigimos hacia el norte. Hacia la bonita ciudad de Puebla.
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