Fin

Escrito por Skapamerika. Publicado en Mexico

Ya han pasado dos semanas desde que subimos a ese avión que nos trajo de vuelta (¿de vuelta?) a Madrid.
Han pasado dos semanas desde que llegamos, despistados, a ese aeropuerto, donde hicimos una larga fila con otro montón de españoles que regresaban a casa tras sus vacaciones en la Rivera Maya.
Dos semanas después de haber tenido que pelearnos con los últimos agentes de inmigración.
(Resulta que si se entra a México por carretera no te cobran el derecho de permanencia en el país, porque teóricamente los 7 primeros días de estancia son gratuítos. Pero eso, cuando entras por tierra, NADIE TE LO DICE. Así que tuvimos que pagar 300 pesos mexicanos cada uno (15€), que recomendamos pagarlos en pesos porque si se pagan en dólares o euros la amable y sonriente y corrupta policía de inmigración te cobra el doble).
 
Dos semanas después, sí, y todavía no sé dónde estoy.
Y mira que ya hemos comido jamón, y hemos bebido vino, y hemos recibido los besos de mamá y papá. Y los amigos nos han dado abrazos, y nos han invitado a alguna caña.
Y hemos cogido el metro, y hemos subido al bus. Y hemos caminado por las calles, y escuchado el ceceo, y discutido sobre la crisis, y pasado un poco de frío.
Y mirado el cielo de Madrid, y comido en un chino, y paseado por la montaña vasca, y bebido algún blanco. Y fumado fortuna, y visto "Salvados"...
En fin, que ya estamos aquí. Nuestro cuerpo está aquí. Pero la cabeza... la cabeza no sé muy bien por dónde anda.
Porque cuando cierro los ojos frente al edificio de delante de casa de mis padres, lo que veo es el espléndido Fitz Roy, helado, luminoso, rodeado de nieve y de montañas rojas de otoño.
Y cuando viajo por la A6, atravesando Castilla de camino a Ourense, al bautizo de mi nuevo primo, me imagino subida a uno de esos autobuses destartalados, recorriendo el altiplano boliviano, seco, vertiginoso.
Y si voy al mercado en Aluche, me transporto al jaleo sucio, húmedo, de suelos viscosos de Iquitos. Hasta puedo escuchar el ronquido de los mototaxis.
Las encartaciones vizcaínas me recuerdan a las inmensas montañas colombianas, y luego digo que no, que a lo que se parece es a Ecuador. Y mirar el mar cantábrico hace que piense en el Caribe, fíjate que tontería.
Cuando miro la hora, calculo 7 horas menos, y me acuerdo de los que dejamos allí. Los que siguen su viaje. Los que nacieron y viven allí. Los que se tropezaron con nosotros y nos acogieron, nos conversaron, nos sonrieron.
 
Dos semanas después sigo mirando el atardecer de Madrid. Como ahora, casi a las 6 de la tarde de un jueves (qué tristeza con el cambio de hora, qué rápido anochece). Lo miro y no puedo evitar emocionarme un poco. Limpiarme una lagrimilla. Sorber unos mocos.
Porque creo que aún no estoy despierta, o que algo se me ha perdido allá en América, o que la añoranza por un tierra que no es la tuya a veces puede doler.
 
Y aquí estamos. Con el cuerpo separado de la cabeza. Pero con mucha energía. Con la energía de alguien que se ha llenado de vida durante muchos días, y meses. Con nuevos proyectos y ganas renovadas. 
Con la fuerza de cargar una casa durante kilómetros bajo la lluvia. De soportar el Sol ardiente a 5000 metros. De subir volcanes y pasar un poco de hambre.
 
¿Y sabéis qué? Ojalá no la recupere nunca. La cabeza, digo. 
Ni la sensación de sentirme tan afortunada. Ni tampoco esa especie de ligereza, de corriente que me lleva, de brisa tropical, de aroma a selva que me llega cada mañana cuando despierto, y abro los ojos, y me doy cuenta de que sí, de que sigo soñando. 
Y de que no, de que no ha sido un sueño.
 
 

 
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