Reflexiones en Granada

Escrito por Skapamerika. Publicado en Nicaragua

9 de junio de 2013
 
Envueltos en un calor húmedo y picante llegamos a Granada. Una ciudad pequeña y colonial, una de las dos ciudades fundadas por los europeos más antiguas del continente americano.
 
Los alrededores de la pequeñísima terminal están llenos de puestos callejeros que forman parte de un largo mercado que ocupa varias calles del centro.
El olor dulzón y ácido a fruta podrida, pasada de madura, hace escocer la nariz, y se adhiere a las gotas de sudor que recorren nuestro cuerpo.
Nunca he sudado tanto en toda mi vida.
 
En Nicaragua, los mercados, los transportes, el lío de las calles, vuelven a recordarme a Bolivia.
Hemos dejado atrás la Centroamérica organizada para introducirnos de nuevo en el caos. Y en parte se agradece.
Pero este caos no es el mismo que aquel del altiplano. El caos boliviano era más fresco y tenía menos picardía. Era más tímido y más colorido. Y tenía otro acento.
 
Una de las maravillas de este viaje es el ir descubriendo los diferentes acentos del mismo idioma. Si en nuestro país el español de Murcia no tiene nada que ver con el de Galicia, o con el de Cataluña, o con el de Aragón, imaginaros aquí.
El español de España no tiene nada que ver con el de Perú, pero el de Perú de Iquitos no tiene nada que ver con el de Arequipa, y mucho menos con el de Popayán, en Colombia, que no se parece en nada al de Santa Marta, en el norte, que se parece mucho al cubano, que no está ni cerca del argentino. Y ya ni hablamos del chileno.
Cambian las palabras, las entonaciones, los sonidos de las letras, los significados… Y cuando entramos en un país nuevo debemos aprender rápidamente los nuevos términos, sin confundirlos con los del país anterior.
 
Es divertido ver la cara de la gente tratando de entender lo que le quieres decir. Muchos nos identifican rápido como españoles, otros en cambio se sorprenden de lo bien que hablamos el idioma y nos preguntan que de dónde somos.
Otros optan por hablarnos en “inglés”, y aunque les respondamos en castellano de Valladolid, aunque les digamos “oye, que somos españoles, ¡que hablamos el mismo idioma!” los tíos se empeñan en que no y que no, y nos siguen hablando en su inglés –“tenkiu tenkiu”.
 
Al mismo tiempo que ha ido transformándose el idioma se han ido modificando los rasgos físicos de las personas.
Por un lado, el europeo mezclado de los argentinos no tiene nada que ver con el mestizo peruano, o colombiano o chileno. Ni tampoco con el centroamericano.
Y el indígena quechua, descendiente de los incas, tiene facciones distintas al descendiente de los indígenas centroamericanos. Las facciones del primero son más fuertes, su gesto más duro. Parece que la dureza del clima les tatuara arrugas en la piel.
El nicaragüense tiene una gran mezcla racial. Y su acento es suave, me recuerda a veces al canario. De eses suaves y aspiradas, pero con distinta entonación.
 
Una de las pocas consecuencias buenas que ha tenido la conquista española ha sido esta, poder recorrer casi un continente hablando el mismo idioma, sin hablarlo de verdad.
Qué hermoso es el español chasqueado de Bolivia, susurrante como el de Perú. Y qué divertido el chileno que no tiene ni pies ni cabeza. Y el argentino, tan hipnótico, que en realidad es un italiano camuflado de español.
El colombiano es seductor, el ecuatoriano es acogedor, el panameño es caribeño, y el costarricense es juguetón, cuando le dan la vuelta a la r sin pronunciarla, como un gringo.
 
En fin, no sé si pensaba todo esto mientras caminaba cargada con la mochila, sudando bajo el Sol de justicia de Granada, respirando la humedad caliente del lago Cocibolca, que te derrite el cerebro, que te anula las fuerzas.
 
Preguntando conseguimos llegar a una calle donde hay varios alojamientos, y escogemos uno, que nos rebajan por ser temporada baja y que además tiene una pequeña piscina, no podemos pedir más.
De hecho creo que fue por la piscina por lo que al final terminamos pasando 4 noches en Granada. Descansamos, hablamos con la familia, escribimos a los colegas, y nos bañamos cada dos por tres.
Y yo, por fin, después de intentarlo durante meses, consigo deshacerme de un montón de ropa de invierno que ya no uso ni usaré y que me hacía cargar cada día 3 kilos inútiles de más.
Qué gusto por favor. Ahora sé que pocas cosas hay más placenteras que llevar una mochila con tres kilos menos.
También recorrimos la pequeña ciudad, que tiene su encanto porque está cuidada y mantiene muchísimos edificios coloniales, pero que en realidad tiene poco que ver.
 
Otro día fuimos a conocer los pueblos blancos (que no son muy blancos, no sé por qué los habrán llamado así) y la laguna del Apoyo.
Uno de los pueblecitos de la zona es Niquihomo, lugar de nacimiento de Augusto Cesar Sandino, el famoso revolucionario nicaragüense del que os hablaremos más adelante.
 
El día que decidimos marcharnos hacia León, Cirilo, el mono del hostal, al que han dejado jugar fuera de la jaula durante un rato, no sé si por la emoción o por venganza de su encierro, le pega varios mordiscos a la mano de uno de los canadienses dueños del hostal.
 
Y así, en medio del caos, como todos estos días, preparamos nuestras cosas y seguimos caminando.
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