Vendedores

Escrito por Skapamerika. Publicado en Nicaragua

12 de junio de 2013
 
No recuerdo si alguna vez os hablé de los vendedores. Sí, de esos vendedores ambulantes que ofrecen su mercadería en la calle o en los autobuses públicos.
Los llevamos viendo durante todo el viaje, a algunos los conocéis de vista gracias a los retratos de Cesar, pero como cada territorio, van cambiando.
Cambian las expresiones, los acentos, las cancioncitas y las mañas.
 
En Nicaragua las vendedoras son cariñosas, te llaman “amor”, te dicen por la calle “-amor ¿qué se va a llevar?”, y te atienden sonrientes. Y si les respondes que nada, que muchas gracias, te dicen que de nada, que un gusto.
 
Los más curiosos son los vendedores de los autobuses, llegan en cualquier momento vendiendo cualquier cosa que se pueda vender. A veces se suben tantos en un mismo autobús que hay más vendedores que posibles clientes. Y cada uno te cuenta su cantinela sin importarle que haya otro u otros dentro que hayan empezado su cuento antes.
 
En Ecuador y Colombia había muchos vendedores colombianos, éstos suelen apelar a la compasión del viajero. Todos empiezan pidiendo disculpas por interrumpir este viaje tan maravilloso y alabando al buenísimo conductor, para continuar nombrando a Dios todopoderoso que nos protege y nos quiere y nos cuida, y nos bendicen a todos y ojalá que Dios nos acompañe.
Luego te cuentan su desgracia personal, que puede ser haberse quedado ciego, haberse quedado cojo, haber recibido una puñalada, un disparo en un ojo, tener una malformación de nacimiento… y tratan de ganarse la vida vendiendo pegatinas de colores o llaveritos o cosas de bastante poca utilidad y con una más que probable corta vida.
 
Otros son los mafiosillos, cuya mercancía consiste en productos tales como perfumes de marca super baratos o cadenas de oro puro y de plata de ley, y que ante la primera negativa te ofrecen a escondidas un anillo de diamantes o un móvil de última generación, presumiblemente de “segunda mano”.
 
También están los que venden algún tipo de alimento, que cuando no has desayunado (ni comido) son de inmenso agradecer.
Algunos informan de su mercancía acompañados de una especie de acento musical, que aunque termines no comprándoles nada puedes pasar varios días cantando sus productos…
“- choclo con queeeso, choclo, choclito con queeeso” o “tengo vigoreeeé, vigoré, vigoreeé!” o también “-tajadita de plátanooo, tajadita de yucaaa, de yuca tajaditaaa, tajadita de plátanooo”
 
Mis preferidos son dos, los monologuistas y los que venden productos “medicinales”, pero los que más me gustan son los que combinan ambas cosas, el humor con la venta de medicina. Son de traca.
Unos piden la colaboración del público, te hacen preguntas muy discretas y te las responden con cachondeo.
Te preguntan que si cumples en la cama, que porqué tienes tan mala cara, que si has sufrido hemorroides u hongos en los pies… Y te enseñan fotos para que lo compruebes por ti mismo.
Otros hacen preguntas al aire que ellos mismos responden demostrando todo lo que saben de medicina y de ganarse al público… “-¿alguna vez han visto puntitos blancos cuando se levantan después de estar agachados un rato?” Y responde uno “-Yo sí” y le contesta “- pues eso es que su suegra no le da bien de comer”  
“¿Alguna vez su hijo les ha dicho que se levanta cansado? – Síii. Y cómo se va a levantar cansado si tiene 15 años ¿de qué está cansado, de dormir?”
“Eso es que le faltan vitaminas, o que tiene una neuritis diabética…”
“Pero con estas pastillitas que tengo yo hoy aquí, este complejo vitamínico recetado por los mejores médicos del país (chinos), que en realidad cuestan 50 córdobas pero yo se las voy a dejar por 10 porque estoy de promoción, se les va a quitar todo”
“Pruébenlo, y si no funciona les devuelvo su dinero” (Como si el colega tuviera una oficina donde ir a reclamar)
Pero como sus pastillas supuestamente curan cualquier síntoma natural de un día cualquiera de la vida de cualquiera, y encima lo están contando con tanta gracia y salero, la gente lo compra.
Son auténticos genios del márketing.
 
En fin, que para salir de León nos subimos en uno de esos autobuses amarillos donde no le entran las piernas a Cesar y donde además hacía un calor infernal que nos hacía sudar tanto que parecíamos de cera. Pero como se montó con nosotros uno de estos vendedores tan majos, se nos olvidó el calor, las incomodidades, la niña de delante que casi tira a su gato por la ventana, la música de los 80 sonando en el radiocasete a toda pastilla, el de atrás que te clava la rodilla en la espalda, el que vende tajaditas, la que vende vigoré, la que vende quesito, el que vende…
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