Estelí

Escrito por Skapamerika. Publicado en Nicaragua

15 junio de 2013
 
Llegamos a Estelí escapando del calor de las tierras bajas, y se nota.
Estelí es una pequeña población hacia noroeste de Nicaragua, alejado del mar. No es uno de los principales destinos turísticos del país así que no suele haber mucho extranjero. Durante el par de días que estuvimos allí no vimos a ninguno.
 
La población en sí no tiene mucho para ver, pero es un lugar tranquilo, auténtico y además una buena base para conocer algunos Parques Nacionales cercanos.
Las poblaciones en Centroamérica suelen ser de edificios bajos, de casitas de una o dos plantas, con calzadas anchas y aceras estrechas. Estelí además tiene la curiosidad de estar cubierta de murales. Algunos son graffitis o murales decorativos hechos por estudiantes del pueblo y muchos cuentan episodios de la guerra, otros son murales educativos o de concienciación, que explican temas de salud, por ejemplo, cómo evitar el contagio del VIH, o qué alimentos son sanos y cuáles no.
 
Encontramos un alojamiento en casa de una señora, muy muy barato pero muy cotroso, definitivamente de los peores del viaje. Pero bueno, teníamos tele, podíamos colocar la mosquitera con facilidad, y sobre todo, es que era muy barato. Nos quedamos dos noches.
 
El primer día llegamos por la tarde y lo dedicamos a recorrer el pueblito. Localizamos una juguería y nos tomamos varios licuados bien ricos de fruta fresca.
Estelí es un importante punto comercial, especialmente de tabaco y ron. Parece ser que aquí se fabrica el mejor tabaco del país.
El segundo día nos levantamos muy temprano para tomar un bus que nos lleva a la Reserva Natural Cerro Tisey – Estanzuela.
Sólo hay un bus que va por la mañana, a eso de las 7:00h, y que regresa a Estelí a las 16h y tarda un poco más de una hora en llegar porque la carretera es sin asfaltar, tiene muchas cuestas y los autobuses son los escolares de EEUU.
 
El autobús atraviesa la reserva y puedes bajarte donde quieras. Nosotros llegamos hasta el Cerro Tisey, que es un mirador natural.
Desde arriba se ve la ciudad de Estelí y varios volcanes circundantes.
Nicaragua está llena de volcanes. No son muy altos pero suelen ser mucha belleza.
 
Cuando bajamos del cerro subimos un poco en la dirección que seguía el autobús hasta llegar a un gran portalón de madera. Hay que descender un par de kilómetros para llegar hasta la casa de Alberto Gutiérrez, el ermitaño.
Cuando llegamos a la entrada de su terreno Alberto nos recibe con cordialidad, está acostumbrado a los visitantes.
 
Alberto Gutiérrez es un personaje de cierta fama, y tiene una historia curiosa que él cuenta a trompicones. A veces no es fácil entenderle.
Parece ser que la noche del día en que cumplió 8 años tuvo un sueño. En ese sueño se vio dibujando en la naturaleza, creando algo en su entorno más inmediato.
Pasaron muchos años hasta que en 1977 decidió hacer realidad su sueño de niño. Cogió un cincel, una piedra, eligió una roca de su finca y empezó a crear.
Sus manos y su tesón convirtieron las grandes rocas inertes de su casa, en murales y personajes llenos de vida. Algunos inventados, otros reales.
En casa de Alberto hay indígenas, y están Sandino y Rubén Darío. Hay elefantes (su animal favorito), pumas, serpientes, cabras, cocodrilos y de todo. Hay historias como jeroglíficos. Jesús está también muchas veces, en la cruz.
 
Durante años y años, hasta hoy, cada mañana Alberto se levanta y trabaja en sus relieves, con el mismo cincel que el primer día, y con la misma piedra.
En casi todas las creaciones hay una firma rústica y la fecha de finalización. Alberto sigue aprendiendo a leer y a escribir, con más de 80 años.
Además de su cultura, como la llama él, le apasionan las orquídeas y tiene muchísimas por todo el terreno. Durante el paseo nos va enseñando cada planta que le gusta. Se nota que lo ha repetid o muchas veces, y también que está enamorado de la naturaleza.
Después de un buen rato nos despacha con total naturalidad. Nos acompaña hasta la entrada de su finca y bueno, hasta siempre.
 
Alberto no cobra ninguna entrada para ir a verle pero parece ser que desde hace unos años, su hermano y su cuñada, con los que vive, interceptan en la entrada a los visitantes y les piden una contribución de 10 córdobas. Es una entrada mínima y justa.
 
Después de la visita seguía siendo demasiado temprano para esperar hasta las 16h a que pasara el autobús de regreso, así que decidimos ir volviendo caminando, despacito.
Como no habíamos comido nada en todo el día buscamos por el camino un lugar para comer y encontramos una tiendita donde servían tacos nicaragüenses. En ese momento empezó a cubrirse todo de espesa niebla y empezó a diluviar.
Menos mal que íbamos preparados con algo de ropa de abrigo y los ponchos.
Esperamos a que escampara y seguimos caminando porque aún quedaban dos horas hasta que pasara el bus, con la suerte de que al poquito nos recogió una pareja que iba en la misma dirección que nosotros, y nos aceraron bastante a Estelí.
 
Llegamos a casa un poco molidos de caminar y decidimos darnos una ducha, descansar y salir a cenar a un buen sitio.
No habíamos comido apenas y habíamos gastado muy poca plata así que íbamos a darnos un pequeño homenaje.
 
Buscamos un lugar recomendado, al final nos decidimos por uno que se llama Vuela Vuela.
Nos sentamos a la mesa, nos traen la carta, la abrimos y… ¡pero qué ven mis ojos! Creo que alucino por el hambre. Empiezo a leer… huevos rotos, tortilla española, croquetas, gambas al ajillo…
Era imposible, pero ahí estaba, un sueño hecho realidad.
Le preguntamos al camarero que si el dueño era español y os dijo que el restaurante pertenece a una Fundación española que forma cocineros en Estelí, y que poco a poco les enseñan a cocinar platos españoles.
 
Nos pedimos unas croquetas, que eran de pollo y estaban muy conseguidas, y también tortilla, que tampoco estaba mal pero no llevaba cebolla (aiss), acompañadas de una ensaladita con aceitunas y aceite de oliva.
Está claro que no es lo mismo, nos faltaba la mahou, unas bravas, unos chipirones y una de oreja. Pero para nosotros fue un regalazo.
 
A la mañana siguiente recogimos nuestras cosas y bien tempranito nos fuimos hacia Jinotega, ¡seguimos huyendo del calor!
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