Panamá y entrada a Costa Rica

Escrito por Skapamerika. Publicado en Panamá y Costa Rica

16 mayo de 2013
 
En el pequeño país de Panamá pasamos solamente 10 días (contando con los días de prisión break en Puerto Obaldía).
Y no es que Panamá sea feo, pero es que hace tantísimo calor, y es tan caro… que preferimos ahorrar plata y gastarla en Costa Rica, que también es muy caro (puede que incluso más) pero creemos que tiene más lugares interesantes para visitar.
Así que contra lo que vengo haciendo en el último año, me refiero a enrollarme como las persianas y contaros cada mínimo detalle de nuestro viaje renunciando casi casi a toda nuestra intimidad, esta vez seré breve y directa.
Qué nos gustó de panamá, qué hicimos y qué no, y cómo salimos del país.
Empecemos:
 
En Panamá City nos alojamos en un hostel en el Casco Viejo. Llegamos medio de carambola pero al final no estuvo tan mal; era relativamente barato (28$!!) para la media del país, y tenía cocina y desayuno, que consistía básicamente en plátanos, pan, mantequilla de cacahuete y mermelada.
En la habitación teníamos dos grandes balcones que ayudaban a refrescar durante la noche y por los que entraban sin compasión las ensordecedoras notas musicales del trabajadísimo reggaetón que acompañaba al partido de fútbol de barrio que se jugaba a pocos metros de nuestro alojamiento…
¡Bienvenidos al Miami del sur!
 
Pasamos tres noches y tres días en la capital, y sin duda lo más interesante de toda la visita fue conocer el Canal de Panamá.
Es un poco lío para llegar porque hay que tomar dos autobuses; primero comprar una tarjeta que cuesta 2$, recargarla con más $ (pocos, el transporte público es lo único realmente barato junto con el ron), y subirte al autobús correcto, es decir, el barato, que no se diferencia en nada del autobús caro, salvo en que  cuesta más  y que el conductor te dice que no con la manita sin que entiendas por qué. Por suerte los panameños son gente maja, así que siempre habrá algún alma caritativa que te explique qué está pasando.
Una vez en la terminal de autobuses hay que tomar otro bus, pero para poder entrar a las dársenas hay que comprar otra tarjeta de 2$ diferente a la anterior y recargarla. Cada vez que quieres acceder a las dársenas tienes que cargarla con 10ct por persona.
Como somos medio tontos o medio despistados, y nos encanta hacernos los que no entendemos nada, la señora vigilante nos evita el tener que comprarnos la tarjeta haciendo que pasemos al mismo tiempo que otra pasajera y pagándole a ella los 20ct.
Por cierto que en Panamá circulan dos monedas. Aunque la oficial y en la que vienen todos los precios es el Balboa, se utilizan indistintamente los dólares, que tienen exactamente el mismo valor.
(Está bien, desisto, no soy capaz de resumir…)
 
Por fin llegamos al Canal, la visita es muy muy interesante.
Hay dos tipos de entradas, la cara que te permite entrar y verlo todo (museo, Canal y vídeo en 3D) y la menos cara, que sólo permite ver el Canal. Los que vayan muy pelados de dinero pueden simplemente pagar para ver el canal porque tanto la exposición como el vídeo son prescindibles (se aprende un poco de la historia de Canal pero no está bien explicada, mejor leerlo de otras fuentes).
Bueno, la parte que se puede visitar es el Canal de Miraflores, uno de los tres conjuntos de esclusas. El Canal  funciona durante las 24 horas, así que continuamente hay barcos cruzando.
El cruce de cada barco es lento, por el tamaño y la dificultad, pero para verlo con detalle es mucho mejor.
 
Después del Canal, la parte de la ciudad más interesante es precisamente el Casco Vejo, donde nos alojamos.
Todas esas grandes casas coloniales medio derruidas, descascarilladas, viejas y requetehabitadas nos recordaron mucho a La Habana.
El Casco panameño está siendo rehabilitado por el gobierno así que más de la mitad de las calles están valladas y levantadas. Y aunque probablemente dentro de unos años el barrio estará precioso, pasear hoy por estas calles es un poco claustrofóbico.
Sin embargo hay un paseo pegado al mar, abierto, alejado de las obras, donde es una maravilla pasar un ratito, especialmente a la hora del atardecer.
Los colores no son tan espectaculares como los que se ven desde el caribe, pero la luz azulada y opaca del cénit panameño es de premio.
Desde aquí hay una gran vista del skyline de la capital.
Particularmente no es que me entusiasmen los rascacielos, y mucho menos después de haber caminado a su “sombra” durante un largo y ardiente medio día, pero las vistas desde el mirador bien merecen unas fotos.
 
También visitamos el Parque Metropolitano, que forma parte de un Parque Nacional y en el que supuestamente viven numerosos animales que se pueden ver con facilidad. Nosotros sólo vimos un montón de lagartijas de esas que caminan en dos patas, una especie de capibara pequeña y de color negro, y bueno, Cesar asegura que vio un tucán de colores... Pero sobretodo pasamos mucho calor.
 
Desde Panamá City nos marchamos a una pequeña ciudad que se llama David, en la región del Chiriquí. Segunda ciudad de Panamá y un gran centro de transportes al norte del país desde donde se puede visitar la costa pacífica, la super turística costa caribeña (Bocas del Toro), la zona montañosa (Boquete) y Costa Rica.
Nosotros decidimos descansar un poco del calor y pasar unos días en la zona montañosa.
 
Cogimos un bus hasta Cerro Punta, que está a unos 2500msnm, y desde allí hicimos una ruta a pie hasta Boquete (a unos 1500msnm), son 12-13 kilómetros en total.
El Sendero de los Quetzales, como se llama la ruta que hicimos, tiene unos 8 km, pero el camino que lleva hasta el inicio del sendero son otros 6km y hay otros 13 km desde el final del sendero hasta Boquete. Tuvimos la suerte de que llegó un taxi para dejar a gente justo cuando estábamos saliendo del Parque Nacional, así que los últimos 11-12km los hicimos tranquilamente en coche. Esa parte del recorrido es todo carretera y tiene poco interés.
El Sendero atraviesa una zona de bosque húmedo, tiene muchísima vegetación, y si se recorre en la época buena es posible avistar Quetzales, el mítico ave sagrado de Centroamérica.
Nosotros, para variar, nos quedamos con las ganas.
Esta zona además es famosa por su café y sus fresas.
 
De vuelta en David, preparamos nuestro equipaje para cruzar la frontera.
Cogemos otro bus que nos lleva directamente a Paso Canoas, el paso fronterizo. Allí sellamos la salida de Panamá.
Te cobran 1$ por turista y se ponen un poco pesados haciéndote preguntas, incluso sobre lo que piensas hacer en Costa Rica (yo me hice la tonta – “ay pues no sé, no sé, no sé”. ¡Qué les importa!).
Luego hay que caminar hasta el puesto de sellado costarricense, donde se equivocaron y nos sellaron con un permiso de un día solamente… menos mal que se nos ocurrió preguntar y nos lo cambiaron en el momento.
Desde Paso Canoas cogemos otro bus hasta Ciudad Nely, una pequeña ciudad del sur de Costa Rica.
 
El paisaje es impresionante. Si Colombia era exuberante, Costa Rica es una locura.
Muy verde, muy húmeda y muy tropical… ¡preciosa! Hay montones de especies diferentes de palmeras, y algunas tienen unas hojas tan grandes como yo. Y vale, diréis, Esther tampoco es que sea muy grande, pero es que hay otras hojas que son tan grandes como Cesar. Eso sí, hace mucho mucho calor…
 
Pensábamos hacer noche aquí pero como aún era temprano y habíamos recuperado una hora (en Costa Rica hay una hora menos que en Panamá), decidimos ahorrarnos un día y viajamos ese mismo día hasta Puerto Jiménez, en la remota Península de Osa, desde donde os estoy escribiendo en estos momentos.
 
Y tengo una noticia que daros… mañana volvemos a meternos en la selva.
Así es. Somos masoquistas. Pero eso ya os lo explico mejor el próximo día.
 
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