Parque Nacional Corcovado (parte II)

Escrito por Skapamerika. Publicado en Panamá y Costa Rica

20 mayo de 2013
 
Durante la noche, hacia las 4 de la mañana, nos despiertan los rugidos cercanísimos de los monos aulladores.
Según nos dijo Augusto, nuestro guía en Pacaya – Samiria, los monos aullaban en época de celo y cuando va a llover.
No conozco los periodos de celo de la mona aulladora pero la época de lluvias está empezando en Costa Rica así que apostaría por que al día siguiente nos caería una buena tormenta. Justo, el día levantó claro pero hacia la tarde empezó a diluviar. Por suerte nuestras mochilas estaban a resguardo en la Estación, así que solo nos mojamos nosotros, y casi se agradecía por el calor.
 
Ese segundo día lo pasamos en La Sirena recorriendo los senderos de los alrededores.
 
La selva costarricense  en el sur es muy muy húmeda, verdísima, con muchísima y muy variada vegetación. Lo más impresionante son los árboles, enormes, viejos, rodeados de lianas, con líquenes pegados, de raíces gigantes… imaginaros cuántos años pueden tener, qué maravilla.
Por el camino vimos algunos animalillos; monos araña, un cocodrilo, reptiles de diferentes tamaños, muchos tipos de pájaros de colores…
 
Empezó a llover, primero poco a poco y luego torrencialmente y los animales al mojarse desprenden un olor desagradable, como de perro mojado. Al principio yo siempre me imaginaba que iba a ser un puma.
En las Estaciones de La Leona y La Sirena hay carteles informativos sobre qué hacer si te encuentras con un puma, y decían que era recomendable llevar siempre un palo por si las moscas. Bueno, pues yo cada vez que me llegaba el olor a perro mojado me acordaba de lo del palo y me ponía a buscar uno como una loca.
Por fortuna, o por desgracia, no encontramos a ese puma, pero sí vimos a más monos, varias gatusas y a una especie de ciervo.
También vimos muchas telas de araña que tapaban el sendero y arañas igual de grandes que mi mano.
La verdad es que lo de este parque es una pasada.
 
La segunda noche también fue tranquila.
Cuando llega la oscuridad los ruidos de la selva se acentúan; la lluvia, la brisa, el mar a lo lejos. Y los silbidos de los pájaros, decenas de instrumentos de viento sonando sin coordinación, todos tan diferentes. Sonidos que no parecen naturales de lo complejos que son.
 
A la mañana siguiente nos volvimos a levantar temprano, regresábamos a Puerto Jiménez. Desayunamos y salimos a las 6:30 de la mañana.
Esta vez no habíamos tenido tanta suerte con las mareas; tendríamos marea alta a las 4:30 de la mañana y a las 10:30, y como hacía día de tormenta, la marea baja no sería muy baja. Había que calcular bien dónde estar y a qué hora para poder hacer todo el camino sin muchos contratiempos.
Al principio no fuimos muy conscientes de la historia, pero cuando llegamos al primer río, el de los tiburones y los cocodrilos, ya no era tan inofensivo como dos días antes.
Bajaba mucha agua y con mucha fuerza. Lo atravesamos juntos y apoyándonos el uno en el otro para no caernos, y nos cubrió por encima de la rodilla.
 
Por la lluvia de la noche y del día anterior la selva estaba llena de mosquitos, que a pesar de habernos puesto repelente nos acribillaron.
El paso que creíamos más difícil era el de Salsipuedes, ya que es un cabo rocoso, de rocas puntiagudas, de paso obligado para continuar el camino. Con marea alta este paso es imposible de cruzar, así que queríamos llegar lo antes posible para no tener que esperar varias horas hasta que descendiera.
Llegamos al paso a las 8:30 y por lo agitado que estaba el mar el paso estaba casi cerrado… Nos quitamos los pantalones, nos pusimos las sandalias, y a trepar.
Entre ola y ola, pasábamos y vuelta a trepar.
Buah, nos pusimos contentísimos cuando conseguimos cruzarlo, pero no sabíamos que esto había sido el principio del principio de la odisea.
 
Nada más cruzar el Salsipuedes, tratando de escurrir mi ropa, noté un dolor de picadura muy fuerte en un dedo de la mano. Solté la prenda y empecé a quejarme. Cesar la cogió y vio algo que no me dijo… lo mató, y ante mi pregunta de qué era me respondió – un insecto raro.
Vale, pues un insecto raro, pero dolía como una picadura de avispa fuerte, aunque al rato despareció el dolor.
 
El camino que a la ida hicimos tranquilamente por la playa esta vez era muy complicado porque la marea estaba tan alta que ¡no había playa! Teníamos que ir pegados a la pared de roca, aprovechando entre ola y ola para caminar... bueno, más bien para correr. De vez en cuando había que volver a trepar para seguir. Las botas empapadas, toda la ropa empapada, y encima se puso a diluviar. Llegó un punto que no sabíamos si había marea medio alta o alta entera, el caso es que el mar no bajaba ni un poquito, así que teníamos que apurarnos porque no sabíamos cómo podía ser ese camino con más agua.
No veíamos la hora de llegar al sendero de selva. Y encima, con la lluvia y el jaleo no podíamos ver animales.
 
Eso sí, la costa estaba increíble. El mar agitadísimo, con mucha fuerza, con grandes olas. A lo lejos, el horizonte se difuminaba por la niebla, la lluvia, la espuma de las olas… y la arena más gris que nunca. Precioso.
 
Bueno, por fin llegamos a la selva. El camino se hace durísimo y largo pero vamos avanzando. Y no hace tanto calor porque llueve.
En la parte final del recorrido antes de La Leona vemos más monos y un animal muy extraño, un mamífero negro, pequeño, más grande que un gato pero más pequeño que un puma, de cola larga y peluda, cara chata, y que llevaba algo en la boca. Luego supimos que era un tolomuco.
Después de La Leona, por el último tramo de playa llovió duro todo el camino. A mí se me rompió el pantalón… Cesar ya se metía en el mar con las botas puestas… estábamos exhaustos.
 
Llegamos a Carate una hora antes de que saliera la camioneta, y como un guía que iba con su cliente nos ofreció llevarnos en su jeep por un par de dólares más de lo que nos costaba la camioneta, pues no fuimos con él. Llegaríamos antes, nos ducharíamos antes, viajaríamos más cómodos y otra cosa con la que no contábamos… ¡veríamos más animales!
El guía tenía que presumir delante de la turista y además hacer su trabajo, así que por el camino, nos enseñó monitos tití y ¡por fin! ¡monos aulladores! Tenía muchas ganas de verlos después de haberlos oído tanto. Son negros, más pequeños de lo que me imaginaba por sus rugidos, y tienen cara de gorila.
 
Y hablando de animalitos… durante la ruta, antes de llegar a La Leona, Cesar me confesó qué me había picado realmente en el dedo…  ¿Qué pensáis?... ¡un escorpión! Yo tampoco me lo creía.
Por lo visto era uno pequeño. Cesar dijo que al principio se asustó un poco pero no me dijo nada por no asustarme a mí (bien hecho), pero que cuando vio que no me quejaba nada por la picadura se relajó e incluso maquinaba cómo vacilarme con la historia.
 
En fin, que esta fue nuestra aventura. Desde luego no tan extrema como la del viajero internauta pero bien completita; animales salvajes, selva primaria, peligros, tormentas, ruidos en la noche y escorpiones.
 
Recomendamos el Parque Nacional Corcovado a todos los que tengan ganas de pasarlo bien, de probarse, de disfrutar sin que les importe sufrir un poco, y a los que toleren un poquito de riesgo… las serpientes, los cocodrilos y los escorpiones, aunque pueden ser inofensivos y pequeños, también pueden ser grandes y mortales.
 
Después de un día para recuperarnos y conseguir que se seque nuestra ropa (en el trópico tarda muchísimo!) seguimos rumbo norte.
 
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