Machu Picchu

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

17 de noviembre 2012

Como os decía, tras nuestro particular Camino del Inca llegamos por fin a Aguas Calientes, una población totalmente artificial. No sé si en el pasado hubo un asentamiento en este lugar, pero desde luego Aguas Calientes parece construida única y exclusivamente para que los turistas duerman, coman y consuman mientras dura su visita la nueva maravilla del mundo.

Sin embargo hay que reconocer que el emplazamiento del “pueblo” es inmejorable. Se encuentra en un enorme cañón, rodeado por gigantes paredes de roca y bosque húmedo.

Encontramos un alojamiento sorprendentemente económico y empezamos a investigar cómo funciona esto de visitar las ruinas.

Lo primero que descubrimos es que lo único que íbamos a encontrar a un precio razonable era el alojamiento, todo lo demás es un atraco a mano armada en toda regla.

Para empezar, Machu Picchu no está lo que se dice cerca cerca. Está a un viaje en autobús a 45 soles ida y vuelta (15€!!) y 25 min. o a una hora y media de camino por un sendero escalonado y muy empinado, pero gratis.

Lo segundo que descubrimos es que la entrada hay que comprarla con antelación en una taquilla que hay en Aguas Calientes, que hay que presentar el pasaporte y que no se puede pagar con tarjeta, y que además por la entrada te soplan la friolera de ¡¡120 soles!!

Después del susto, nos enteramos de que además de la entrada general se puede comprar la “entrada” a los cerros que protegen Machu Picchu. Uno es el cerro Machu Picchu, más barato y menos popular, y otro es el Huayna Picchu, más caro, más famoso y que hay que reservar con tiempo, ya que cuando nosotros llegamos la entradas estaban agotadas.
Total, que como sólo vamos a venir una vez en la vida, y ya puestos a pagar, pues pagamos la entrada al cerro Machu Picchu, que sólo suponían unos 30 soles más.
 
Por último, tenemos que organizar el regreso a la civilización, y a no ser que volvamos a perder otro día de viaje repitiendo el periplo del paseo y los tres o cuatro transportes por carretera, sólo nos queda la opción del tren.
Este billete hay que comprarlo con tiempo porque puede agotarse, y eso implica quedarse atrapado en Aguas Calientes otro día más.
Así que vamos a preguntar a la estación y nos dicen que cada billete cuesta ¡¡45$ por persona!! ¡¡por 2 horas de camino a paso de buey!!
En fin que salimos de la Estación con las manos en alto y con 90$ menos…
 
Bueno, todo esto ocurrió durante la primera tarde. Por el momento lo único que habíamos hecho era vaciar los bolsillos y todavía no habíamos visto ni un triste pedrusco inca.
 
A la mañana siguiente nos levantamos a buena hora, compramos agua, unos plátanos y un par de bocatas y nos dispusimos a subir la tortuosa escalera que lleva a las ruinas.
Una hora y media más tarde, sudando como perros, llegamos a la entrada de Machu Picchu. Mostramos nuestro billete y pasaporte como en los aeropuertos, y cruzamos la puerta… ¡ya estamos en las ruinas!
 
Lo que no os he contado todavía es que habíamos comprado la entrada al cerro Machu Picchu sin saber exactamente cuál era el tal cerro. Pensábamos que aparecería en el mapa, pero no era así. Y encima, la entrada a este cerro estaba abierta sólo hasta las 11 de la mañana, y cuando llegamos a las ruinas eran aproximadamente las 10:45… Así que nada más cruzar la puerta emprendimos una carrera atropellada, esquivando turistas, saltando piedras, como dos ratones en un laberinto de laboratorio, perdidos completamente sin tener ni santa idea de adónde ir. Primero en una dirección, luego en la contraria, luego otra vez para atrás. Mirando el mapa del derecho y del revés, y sudando sudando sudando…
La verdad es que ahora lo pienso y no sé cómo lo hicimos pero el caso es que encontramos la entrada al cerro un par de minutos antes de que la cerraran.
 
Ya estábamos dentro, ahora había que volver a subir. Esta vez dos horas, por otro camino escalonado, más empinado si cabe que el anterior, y ya con la mañanita echada encima.
Y venga a subir… y venga a sudar… Entre los turistas que soportábamos este martirio se creó un vínculo de solidaridad que consistía en que a pesar de estar a borde de la muerte, nos sonreíamos con cariño y nos dábamos ánimos; “¡venga, que ya queda poco!” “¡sólo 10 minutitos más!”
Después de las dos horas más largas del día llegamos a la cumbre y… ufff, ¡pero qué vistas!
 
Desde la cumbre del cerro pueden verse la totalidad de las ruinas, el cerro Huayna Picchu desde arriba, la hidroeléctrica desde donde salimos caminando el día anterior, varios caminos del inca, y el impresionante entorno natural que rodea Machu Picchu.
Definitivamente la caminata valía la pena.

Con el cuerpo un poco más ligero, porque la belleza es lo que hace, te aligera el cuerpo,  descendimos el camino y nos dirigimos, ahora ya sí por fin, a visitar las ruinas.

Las disfrutamos como niños, entramos en cada rincón en el que estaba permitido entrar, recorrimos con delicia cada templo, cada casa, cada muro, cada piedra.
Nos imaginamos a los esclavos trabajando en los bancales, a los sacerdotes interpretando el cielo, a los nobles paseando por la gran plaza principal.
Una ciudad hermosa, llena de fuentes. Rica, emplazada en el mismísimo paraíso.
Y después, con el tiempo, imaginamos su abandono. Imaginamos cómo la vegetación, salvaje y fuerte, se fue apoderando de los muros, entrando en las ventanas, profanando templos, hasta ser descubierta de forma fortuita, por señores que no tenían nada que ver con la importancia de su pasado. Que grabaron su nombre en las paredes de siglos, pasando a formar parte de una historia. De LA Historia.
 
A las 17h cierra Machu Picchu. Los vigilantes, nuevos centinelas de la ciudad, nos arrean como a ganado para que abandonemos las ruinas antes de las campanadas.
Está a punto de anochecer y los mosquitos afinan su puntería en la semioscuridad.
No queremos irnos, intuimos que no volveremos y no queremos despedirnos de Machu Picchu así, a trompicones.
“Nos ha faltado tiempo”, decimos. Pero creo que para descubrir esta ciudad en ruinas, esta maravilla del mundo, siempre nos va a faltar tiempo.
 
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Desde el Cerro Machu Picchu
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