Nazca, Ica y Huaccachina.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

25 noviembre 2012

No os imagináis la cantidad de tiempo que estuvimos dándole vueltas a si nos metíamos en el gringo trail de la costa o no. Al final nos pudo la curiosidad. Nos dio pena no ver las famosas líneas de Nazca, el oasis de Huaccachina o la península de Paracas… ¡cursiladas y mamarrachadas!
 
La costa gringa es un coñazo. La gente te acosa, los paisajes son pelaos, hace demasiado calor y todo es muy caro.
Es cierto que ver la líneas de Nazca tiene que ser increíble, pero la única manera de verlas en condiciones es pagando un viaje en avioneta a casi 100€.
También es verdad que en los alrededores de Nazca hay varias ruinas interesantes, pero sólo puedes desplazarte en taxi que se paga a precio de limusina.
Así que, como después de la sangría de Machu Picchu y Cuzco nos hemos vuelto un poco ratillas, nuestra visita a Nazca fue bastante mediocre.
Pensábamos por lo menos tener la posibilidad de ver la líneas en el planetario de Nazca, que vale, es un churro verlas en pantalla ¡pero ni eso! Cada entrada costaba 20 soles ¡¡casi 7€!!
 
En fin, que nos conformamos con ver dos líneas de las cientos que hay, desde un mirador muy cutre que hay en la carretera de Nazca a Palpa. Y de las ruinas, sólo vimos la necrópolis de Chauchilla, que resultó muy interesante a pesar de las condiciones de conservación de las tumbas y de las momias.
 
Con esto y un bizcocho nos dirigimos hacia el norte. Llegamos a Ica y con la misma nos pillamos un taxi (o más bien diría que el taxi nos pilló a nosotros) y nos fuimos a Huaccachina, el famoso oasis del sur de Perú.
A pesar de que ya nos habían advertido del “ambientillo” del oasis, no es lo mismo escucharlo que vivirlo. Lo digo sin tacto ¡vaya una mierda!
 
El oasis es un antiguo centro vacacional para la clase alta limeña, una serie de casa coloniales alrededor de una laguna en medio del desierto. Dicho así parece una pasada, pero no es la realidad.
Hoy en día las edificaciones imitan el estilo colonial en el mejor (o peor) de los casos, y la laguna está estancada y es artificial. En realidad todo es artificial, hasta las sonrisas de los camareros de los numerosos restaurantes de la calle (la única calle que hay).
 
Después de pagar mal por una habitación peor, la peor en muchos meses, nos fuimos a explorar. Y descubrimos por qué Huaccachina es Huacachina… ¡el desierto!
 
A medida que se asciende por las dunas que rodean el oasis, el horizonte se va ampliando, y un mar de arena blanca infinito se extiende ante nuestros ojos.
Desde allí, el pequeño trozo de infierno que es Huaccachina es hasta bonito, y los innumerables boogies y sandsurfers que atraviesan las dunas se ven chiquititos como hormigas.
Allí nos quedamos, como dos bobos, hipnotizados con el desierto más espectacular que hayamos  visto.
Hasta que llega la puesta del Sol. El cielo decide imitar al desierto y se llena de nubes naranjas que se confunden con las dunas y las sombras. Y empieza a hacer frío, y nosotros sin abrigo.
Empezamos a correr cuando la luz ya no está, corremos duna abajo para entrar en calor, como niños, y vemos a otros que también corren.
Hipnotizados por el desierto.
 
A la mañana siguiente marchamos a Ica, compramos nuestro billete de autobús a Huancavelica, de vuelta al altiplano. Hemos decidido que tenemos dosis suficiente de gringo trail. Seguro que la península de Paracas y Pisco, y Chincha y todo lo demás son lugares super interesantes, pero ya está, shá fué como diría un argentino.
Visitamos la ciudad, que sólo tiene un interesante museo de arte precolombino.
 
Llega la noche y tomamos rumbo a la sierra.
 
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