Hacia Puerto Bermúdez y el Hostal Humboldt

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

23 de diciembre de 2012

Para llegar desde Huaraz a Puerto Bermúdez hay que tener tiempo, paciencia, y ganas.
 
Los autobuses salen de Huaraz a las 6 de la mañana, recorren una buena carretera hasta el pequeño pueblo de La Unión, bordeando la espectacular Cordillera de Huayhuash. En La Unión se cambia de transporte, esta vez es un coche MUY compartido hasta Huánuco.
El camino es largo, unas 3 horas, incómodo, y la carretera no es más que una pista de tierra de un solo carril. El paisaje es precioso, pero se hace difícil disfrutarlo.
Una vez en Huánuco hay que comprar un billete de autobús que sale únicamente a las 8 de la tarde, y llega a La Merced a las 4 de la mañana del día siguiente.
 
Ante tal perspectiva decidimos descansar una noche en Huánuco, a pesar de que el pueblo no nos gusta nada.
Tomamos el destartalado autobús la tarde siguiente y llegamos a La Merced en estado semi comatoso.
 
Nada más bajarnos del bus unos cuantos conductores de jeep se nos acercan para preguntarnos si queremos viajar a Puerto Bermúdez esa misma noche. Pero después de las 8 horas de viaje dando tumbos preferimos volver a descansar.
 
Al día siguiente buscamos las empresas que viajan a Puerto Bermúdez. El servicio consiste en una pick-up diaria que sale cada madrugada sobre las 3 de la mañana, siempre que la carretera lo permite. La temporada de lluvias ha comenzado, y en la selva ha empezado a llover bien fuerte desde el principio.
Tenemos dos posibilidades, bueno tres. Viajar en el lugar más barato, es decir, en la parte de atrás de la pick-up, sentados en tablones de madera y compartir el espacio vital con un indeterminado número de personas y animales durante aproximadamente unas 6 horas, o viajar en el interior del coche, delante o detrás.
El precio de viajar en el interior es el doble, pero finalmente decidimos viajar ahí porque ya conocemos la experiencia de viajar en camionetas, y la verdad, tampoco nos entusiasma. Además el cielo amenaza con lluvia…
 
Pasamos media noche en blanco en el alojamiento y salimos de madrugada en la pick-up rumbo a Puerto Bermúdez.
No recuerdo bien qué lumbreras nos recomendó viajar en la parte delantera del coche… pero me acordé de él todo el santo viaje.
Como yo abulto menos que Cesar me tocó en el asiento del medio, entre el conductor y Cesar, que estaba en la ventana. El asiento resultó ser bastante más pequeño de lo que esperábamos, así que durante lo que al final fueron 10 horas de viaje fui sentada prácticamente sobre dos palancas de cambio, con las piernas espachurradas, y sin poder apoyar la cabeza para echar una cabezadita. Creo que hubiera preferido mil veces viajar con los chanchos en la parte de atrás ¡incluso con el chaparrón que cayó!
 
Cuando estábamos a una hora escasa de llegar a puerto Bermúdez el conductor paró. Un inmenso río bloqueaba el camino, y varios coches, camiones, jeeps y furgos esperaban a un lado y a otro para poder cruzar.
Algunos valientes se aventuraban y conseguían pasar, con el agua a la altura de la puerta del coche. Nuestro conductor no se atrevió, así que nos tocó esperar varias horas hasta que parara de llover y el calor hiciera descender el nivel del río.
 
Mientras esperábamos intenté dormir un poco pero uno de los pasajeros se había sentado en el asiento del conductor, había puesto la música a gritos (no al volumen habitual peruano, sino peor, imaginaros) así que imposible, claro.
En un momento que el señor se bajó del coche, bajé el volumen, y me arrebujé para intentar dormir, pero tampoco pude esta vez.
 
En el asiento de atrás viajaba una señora, que aprovechó un bonito momento de intimidad en que nos quedamos a solas para contarme su vida.
De repente me encontré ejerciendo de trabajadora social, en medio de la selva, sin haber dormido y ¡sin haber ejercido en más de un año!
La señora, de unos cincuenta años, muy maquillada y muy desmejorada, empezó contándome que era de un pueblito cercano. Me preguntó de dónde éramos nosotros y en qué trabajábamos. Cuando le dije que éramos psicólogo y trabajadora social fue a saco.
Me contó que a los 14 años había sido violada por un enfermero de su pueblo. Entró en su casa, la amenazó con un cuchillo y la violó. Sus padres, de un nivel cultural muy bajo, avergonzados, la obligaron a casarse con ese energúmeno, que la continuó maltratando y violando hasta que murió, unos 5 años atrás.
Ahora volvía a tener pareja, en concreto el señor que había montado la discoteca en el coche, y decía que a pesar de que no la había tocado y que creía que la trataba bien, vivía aterrorizada. Tenía la sensación de que en cualquier momento empezaría otra vez la pesadilla de los golpes y el dolor, y sufría por no poder disfrutar de una relación de pareja sana.
… Se me cayó el alma a los pies. Qué decirle a una señora que había sufrido tanto en su vida, en 10 minutos, y que la ayudara a relajarse.
La conversación duró un rato más, hasta que el conductor volvió a entrar en el coche y nos preparamos para intentar cruzar el río.
 
Todo fue increíblemente surrealista. Cruzando el río, el agua entraba a través del suelo, y yo no sabía si temer por mi vida o por la vida de la señora.
10 minutos después de atravesar el río nos encontramos con otro… pero esta vez había un puentecito de madera, totalmente inestable, por el que teníamos que volver a cruzar.
Otra vez a bajarnos, otra vez lío.
Nuestro joven conductor salvó el puente con bastante dignidad, y ahora ya sí, seguimos camino hasta Puerto Bermúdez, a dónde llegamos a eso del medio día.
 
Cuatro días después de salir de Huaraz, mojados, cansados y con la cabeza como un bombo ¡habíamos llegado a nuestro destino!
Preguntamos por el Albergue Humboldt y nos llevaron en motocarro hasta su puerta.
Allí nos esperaba Jesús DiCastillo, un mítico viajero navarro, y más aventuras.
La selva peruana nos deparaba un montón de experiencias… 
 
 
 
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