El Albergue Humboldt.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

26 de diciembre de 2012
 
Jesús nos recibe con una sonrisa. Con una gorra y con una abundante barba desteñida por el tabaco y por los años. Con una mirada surcada de arrugas y de cansancio.
El Albergue, que tiene personalidad propia, nos acoge cálidamente. Un frondoso jardín rodea la casa protegiéndola del calor.
El lugar es precioso, aislado, remoto, y en medio del caos peruano, un remanso de cultura y de tranquilidad.
Lo malo es que la tranquilidad no duró mucho tiempo…
 
Para poneros en antecedentes, supimos del Albergue y de Jesús gracias a Julián, un colega de Cesar de toda la vida. El año pasado, cuando regresamos de Islandia, nos recomendó un programa de la radio vasca llamado Levando Anclas, donde viajeros principalmente vascos, pero también de otras regiones del país, cuentan sus viajes y peripecias a Roge, el conductor del programa.
Queda recomendado a todo aquel que no lo haya escuchado aún. El programa es buenísimo.
Pues fue a través de este programa donde Julián oyó hablar de Jesús.
 
Nada más llegar Jesús nos invita a un café, que aceptamos encantados, y nos da conversación.
Cuando llevábamos cerca de una hora de cháchara le suena el móvil, y contesta… “¡hombre Roge! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué ilusión!”
¿¿En serio?? Nos miramos atónitos, y Jesús nos dice “os juro que no estaba preparado ¡llevo dos años sin hablar con Roge!” jajaja la verdad es que fue un puntazo.
Después de colgar nos contó que antes de establecerse en Puerto Bermúdez trabajó algún tiempo para la televisión vasca. Les había vendido muchos documentales sobre Sudamérica y también había llevado varios programas. Roge fue la persona que lo intrudiujo en la tele, con quien además comparte una larga amistad.
 
Llevábamos más de un día entero sin dormir, así que nos echamos una larga siesta.
Cuando despertamos nos encontramos con un panorama bien diferente al que habíamos dejado.
Jesús estaba muy nervioso. Nos dice que lleva varios días vigilando el nivel del río porque no ha parado de llover en todo el mes. Cree que si sigue lloviendo tan fuerte el río puede desbordar.
Nos cuenta que durante sus primeros 10 años en Puerto Bermúdez no había sufrido ninguna riada, sin embargo, debido en gran parte a la deforestación, los últimos 5 años habían sido horribles. Cada año el río desbordaba un poco o mucho. Dos años atrás hubo una riada tan fuerte que el agua alcanzó la segunda planta del albergue ¡eso significa que el agua subió más de dos metros!
Por lo visto este año la temporada de lluvias ha empezado antes y lleva todo el mes de diciembre lloviendo mucho. El río no tiene tiempo de descender y crece casi a diario. El Pachitea que nos encontramos nosotros está 5 o 6 metros por encima de su nivel normal.
 
A partir de ese momento se termina el buen rollo en el Albergue Humboldt. Jesús está más nervioso por momentos, y de muy mal humor. Cada hora va a vigilar el nivel del agua y sólo habla del río, de la lluvia y de Perú y los peruanos. De lo mal que funciona el país, de la corrupción, de la incultura.
Está enfadado con el mundo, está cansado de pelear en un país que va a otro ritmo, y está mayor. Se sincera, dice sentirse atrapado en su vida. No sabe si quiere volver a España, a veces le gustaría, a veces no. No sabe cómo salir de esta situación.
Se acabó el romanticismo. Jesús, el viajero, el valiente, el señor de las mil aventuras, sufre día y noche por culpa de un río.
Y parece que ya no quiere recordar lo que fue. Y parece que no le gusta en lo que se ha convertido.
 
A la mañana siguiente nos despiertan unos gritos. Son las 10 de la mañana y no ha parado de llover y tronar durante toda la noche. Y sigue lloviendo.
Empiezan los planes de evacuación.
Recogemos todos los muebles y electrodomésticos de la parte de abajo de la casa y los que podemos, por tamaño, los subimos a la planta de arriba.
Atamos los que quedan abajo, bloqueamos los váteres y las duchas. Y nos sentamos a esperar.
 
Sigue lloviendo hasta el medio día, el agua sube imparable pero muy despacio. Las primeras casas empiezan a llenarse del agua marrón y sucia del río. El Pachitea baja a tope, fuerte, enorme y transporta grandes troncos.
Jesús cambia de opinión a cada rato. Primero que nos vamos del albergue, y reserva habitación en otro alojamiento del pueblo para los tres.
 
El agua sigue subiendo, ya empieza a cubrir la calle. Entonces Jesús nos propone quedarnos, “nunca he abandonado mi casa” dice, y le decimos que sí, que nos quedamos, que subimos al pueblo a comprar agua y comida.
Nos calzamos las botas de agua y atravesamos la calle con el agua que ya nos cubre los pies.
Rápido compramos y volvemos, el agua sigue subiendo.
El centro del pueblo está mucho más alto así que no tiene ningún peligro. El problema sólo afecta a las construcciones que están en la orilla.
 
Cuando llegamos con la comida ya empieza a hacerse de noche. Nos acomodamos en la planta alta y nos volvemos a sentar a esperar, y a fumar.
Jesús fuma mucho normalmente pero ahora está tan nervioso que enciende un cigarro con otro. El agua empieza a entrar en el jardín.
 
Al contrario que Jesús, sus vecinos no parecen estar tan nerviosos. No han empezado a recoger hasta el último momento, y ahora tienen que sacar las cosas de sus tiendas y almacenes en camionetas o atadas a palos y cargadas entre varios.
Mientras recogen ríen y bromean. Una riada más, ley de vida. Para ellos no hay conflicto.
 
Para Cesar y para mi es nuestra primera riada, y además nos toca vivirla en un país exótico así que más que asustados estamos expectantes, impacientes.
El agua sube muy despacio, pero sube, sube, sube… nos dedicamos a controlar la velocidad de subida hasta que cubre el suelo del jardín y empieza a inundar el suelo de la planta baja.
Entonces Jesús nos vuelve a preguntar: “¿Y si nos vamos?” Resulta que el marido de la señora que limpia en su casa va a quedarse a pasar la noche, así que ya no tiene tanta sensación de abandonar su casa.
La verdad es que nosotros no estamos preocupados, pero nos damos cuenta de que si no sacamos a Jesús de la casa probablemente no duerma en toda la noche. Y pasar la noche junto a una persona completamente desquiciada tampoco nos apetece demasiado, así que le decimos que vale, que nos vamos, pero que deje de marear. Que nos vamos y punto.
Recogemos las mochilas, nos volvemos a calzar las botas de agua y nos remangamos los pantalones. Cuando cruzamos la calle hacia el pueblo, el agua ya nos cubre por encima de la rodilla.
 
Dejamos las mochilas en nuestro nuevo alojamiento temporal y bajamos a mirar la crecida.
No hay acción, el agua sube tan despacio que casi es imperceptible, pero lo cierto es que continúa subiendo.
Convencemos a Jesús para ir a cenar algo, queremos distraerle.
Después de la cena nos tomamos unas cervezas y parece relajarse un poco. Durante un ratito Jesús vuelve a ser Jesús, y como quien no quiere la cosa termina relatándonos una historia increíble que vivió en Bolivia hace 30 años, en uno de sus viajes, cuando recorría los Andes a pie.
Es una maravilla escucharle. Ahora entendemos el enganche que tiene entre los viajeros.
 
Afortunadamente no llueve en toda la noche así que los temores de que la inundación alcanzara el piso de arriba quedan despejados.
Nos despertamos temprano y nos vamos hacia el Albergue. Hoy toca limpieza y hay que llegar antes de que se haya retirado el agua para evitar que el lodo se asiente en el suelo porque entonces será mucho más difícil limpiarlo.
La calle sigue inundada así que esperamos una horita antes de cruzarla. El agua desciende con bastante rapidez.
Cuando llegamos a la casa, el señor nos cuenta que el río había subido hasta medio metro aproximadamente, ahora sólo nos llega por la rodilla.
Bien remangados y con nuestras ya habituales katiuskas, nos hacemos cada uno con una escoba y empezamos a remover el lodo.
Hacia las 4 de la tarde el Albergue está limpio y trapeado.
Es 23 de diciembre, así que ya damos por hecho que pasaremos la nochebuena (y por tanto mi cumple) en el Humboldt, así que empezamos con los planes navideños.
 
El día 24 despierta soleado y caluroso. Bajamos algunos muebles y desayunamos mientras decidimos el menú de la cena.
En esto estábamos cuando aparecen dos chicas argentinas, que flipan en colores cuando les contamos lo que se han perdido.
Ya tenemos grupo para la nochebuena. Además de nosotros cenaremos con las argentinas y con Paula y sus dos hijos, unos amigos de Jesús.
 
Es una noche rara, pero buena al fin y al cabo. Comida sencilla; una crema de verduras, una tortilla de patatas y un arroz con pollo. Y de postre un “chocottone” (el panettone italiano es devoción en Perú ¡pero con chocolate más!) Todo regado con algunas botellas de vino tinto dulzón y con buena conversación.
Jesús vuelve a soltarse la melena y nos regala alguna historia. Preciosos fragmentos de aventura, que recuerda con nostalgia.
Cuando ser viajero era ser superviviente, explorador, aventurero.
Ha vuelto el romanticismo.
 
El día de navidad también es caluroso y soleado. Nos vamos a Pucallpa, seguimos nuestro viaje.
Nos despedimos de Jesús. Nos dice que le escribamos. Le respondo que le quiero de vuelta en España y me gruñe, y luego me sonríe.
 
 
Así es Puerto Bermúdez:
 
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