Pucallpa. Preparando el viaje en barco y la vuelta a la selva.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

28 de diciembre de 2012

El día 25 de diciembre llegamos a Pucallpa hacia el mediodía, con un calor agobiante.
Desde Pucallpa pueden hacerse algunas excursiones, pero para nosotros es básicamente un lugar de paso obligatorio para llegar a Iquitos en barco y también para organizar nuestra próxima incursión a la selva. Esta vez queremos entrar en la Reserva Nacional Pacaya Samiria.
Para organizar nuestra excursión contamos con un par de teléfonos que nos dio Jesús antes  de salir de Puerto Bermúdez.
 
Después de encontrar un sitio donde dormir nos disponemos a organizar los siguientes días. Tenemos que contactar con Cesar Galán, el señor que lleva la “agencia” con la que vamos a entrar en la Reserva y también tenemos que encontrar un barco salga los próximos días en dirección a Iquitos. Además tenemos que ser más o menos ágiles organizando porque la fecha del 31 de diciembre se acerca y todos los transportes se paralizan en Nochevieja y Año nuevo.
Cuando llamamos al teléfono del tal Cesar Galán nos contesta su hija, que nos dice que su padre está en Iquitos, pero que igual podemos organizar la excursión desde Pucallpa hablando con su padre por teléfono.
 
La verdad es que los hijos de Cesar Galán nos tratan fenomenal. A la mañana siguiente nos recogen en el hospedaje con su mototaxi y nos llevan a su casa que está en el pueblo vecino de Puerto Callao, a orillas del lago Yarinacocha.
Mientras esperamos la llamada de su padre nos invitan a una chicha de yuca casera que está riquísima y que nunca antes habíamos probado.
Por fin llama Cesar Galán y organizamos con él. Doy fe que regatear por teléfono es muy difícil, y ni siquiera pasándonos el teléfono entre nosotros conseguimos que el precio baje mucho.
Nuestra primera idea era pasar en la Reserva tres días y dos noches, pero visto el precio y visto nuestro presupuesto, al final la excursión se queda en dos días una noche, y en total pagamos unos 600 y pico soles, que incluye el transporte en bote, la comida, el agua, el guía y el “alojamiento”, teniendo sólo que pagar a parte una de las dos entradas a la Reserva.
El guía-conductor-cocinero será su hermano Augusto, que nos esperará en el puerto de Bretaña, el minúsculo pueblo donde tenemos que bajarnos del barco.
Así que ahora hay que encontrar un barco que salga hacia Iquitos el día 27 porque Augusto nos estará esperando y nos da un poco de penilla hacer a alguien trabajar en nochevieja, y el barco tarda en llegar a Bretaña dos días.
 
Regresamos a Pucallpa con Josué, el hijo de Cesar, que nos lleva hasta el puerto de los barcos “Henry” en mototaxi.
Pero cuando llegamos… ¡está lloviendo a mares! Y diréis “¿y qué?” pues os lo explico rápidamente. Cuando dije que fuimos al puerto de los barcos “Henry” me refería a que fuimos al lugar de la costa ribereña desde donde salen y adonde llegan los barcos “Henry”, lo de llamarlo puerto ha sido una concesión. En realidad el puerto en sí consiste en una explanada de barro llena de camiones de carga y descarga y cubierta inútilmente en algunos escasos metros por serrín…
Cuando llegamos al “puerto” la explanada se había convertido en una charca inmunda e inaccesible. Los barcos flotaban a pocos metros de nosotros pero era físicamente imposible llegar hasta ellos sin contraer por el camino alguna enfermedad tropical infecciosa, y como ya teníamos hongos en las piernas pues no nos apetecía pillar ninguna otra cosa rara…
¡Ah, eso tampoco os lo había contado! Creemos que durante nuestra labor como achicadores de agua en el Albergue Humboldt, o puede que durante el trayecto en pick up hasta Puerto Bermúdez, o no tenemos ni zorra idea de dónde, pillamos hongos o ácaros o algo raro.
El caso es que nos empezaron a salir unos puntitos rojos en los pies y en las piernas, que luego se extendieron un poco por los brazos… le preguntamos a Jesús y nos dijo que eran ácaros y que debíamos restregarnos alcohol y polvos de azufre en las zonas afectadas, así que lo hicimos. Luego le preguntamos a Paula, la amiga de Jesús, y nos dijo que parecían hongos y que debíamos extendernos crema fungicida en las zonas afectadas, así que también lo hicimos… pero cuando llegamos a Pucallpa decidimos ir a preguntar a una farmacia.
Al enseñarle nuestros granitos a la señora farmacéutica puso cara de espanto, sin disimular ni un poquito la tía, y nos envió al centro sanitario de la policía. Allí nos atendió una enfermera porque el médico no estaba y nos recetó unas pastillas y una crema, y por fin después de varios días los granitos desaparecieron.
 
Vuelvo al puerto “Henry”, que me disperso.
Allí estábamos nosotros, con nuestro enorme poncho calado, las botas cubiertas de barro y el tiempo apremiando.
Decidimos ir comprando lo necesario para el viaje; lo más importante, las hamacas.
Al principio pensábamos intentar montar la tienda de campaña dentro del barco, más que nada por darle uso, porque llevamos cargándola desde Bolivia y no la hemos utilizado ni una sola vez. Y también por ahorrarnos el dinero de las hamacas, que aunque no es mucho, es algo.
Cuando le contamos nuestros planes a Josué nos dio a entender más o menos que era una gilipollez, y nos acompañó a por las que luego fueron nuestras cómodas camitas náuticas.
Compramos también un tupper y dos cucharas de plástico para el rancho y algo de fruta, agua, galletas y latas, sólo como previsión, por si el rancho era incomible. Y lo más importante, el bien más preciado, PAPEL HIGIÉNICO. Si puedo dar un consejo a alguien que esté planeando un viaje por Sudamérica es este: lleva siempre contigo por lo menos un rollo de papel higiénico.
 
Y como había parado de llover volvimos al “puerto” donde por fin pudimos abordar a los barcos. Después de algún intento llegamos al “Henry II” que por lo visto sale al día siguiente por la mañana, el día 27, justo lo que buscamos. El precio del viaje hasta Bretaña con comida incluida es de 70 soles por cabeza. Pero nos avisan que hay mucha gente que quiere viajar y nos recomiendan que durmamos esta noche abordo para guardar el sitio.
Dormir una noche extra en el barco nos da mucha pereza. Imaginaros, tenemos que compartir espacio con unas 300 personas en un barracón de metal, pasando calor y sufriendo a los mosquitos. Y además ya conocemos un poco los ritmos sudamericanos y es probable que el barco no salga por la mañana temprano, es más, incluso puede que ni siquiera salga al día siguiente, así que decidimos arriesgarnos y lo que hacemos es  dejar colgadas las hamacas esa noche guardando el sitio. Nosotros dormimos tan a gustito en nuestra cama con almohada y a la mañana siguiente temprano nos vamos para allá.
 
Cuando llegamos el barco ya está de bote en bote, pero como sospechábamos no salimos por la mañana y el barracón se va llenando más y más y más.
La gente cuelga sus hamacas en cualquier parte, en cualquier barrote. Los que no traen hamacas plantan un colchón costroso en el suelo, o extienden unos cartones. Pero el único suelo que queda libre es el que está debajo de algunas hamacas, así que muchos tenemos a familias enteras durmiendo debajo de nuestra hamaca.
Al final el barco parte cuando se empieza a hacer de noche, a eso de las 19h, y ya hemos pasado un día entero extra en el barco, colgados de nuestras hamacas como chorizos y comiendo galletas, porque si el barco no está en marcha no te dan de comer.
 
Acabamos de empezar el viaje y ya necesitamos varias duchas para quitarnos el olor a choto y los churretes de sudor de todo un día metidos en el barracón a pleno Sol.
Por suerte, cuando el barco empieza a moverse también empieza a correr el aire, y los mosquitos se van (aunque aparecen otros bichos mucho más grandes y mucho más feos que saltan sobre nosotros, pero son inofensivos).
 
Los baños están muy lejos de ser mínimamente higiénicos. A parte de la porquería intrínseca de los barcos, hay uno inundado, otro fuera de servicio y tres disponibles, para 300 personas.
Las duchas están SOBRE los váteres, es decir, que para ducharse hay que hacerlo sentado en la taza del váter o abierto de piernas sobre ella. Y el agua es marrón, pero marrón marrón, como el río Ucayali. Descartado ducharse, obvio.
 
La comida no sabremos en qué consiste hasta el día siguiente, porque la primera cena no la sirven, pero ya nos imaginamos cualquier cosa.
 
Está claro que este viaje en barco no tiene absolutamente nada que ver con el placentero crucero que ahora nos parece que disfrutamos en Bolivia.
Aunque a pesar de todas las penurias, al final la travesía tiene su encanto.
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