Travesía en el Henry II, llegamos a Bretaña.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

29 de diciembre de 2012
 
El viaje de dos días en barco se hace largo, muy largo.
Cada minuto de calor deja surcos de sudor en nuestro cuerpo. Sufrimos cada minuto de desorden, de caos, de incomodidad, de espera.
Apenas podemos caminar porque no hay espacio físico para hacerlo.
Un mar de ondas de colores se extiende a ambos lado de nuestro pequeño dominio. Ondas de colores y cabezas, cabezas por todas partes.
Niños correteando, mujeres dando de mamar, hombres apostados en las ventanas viendo pasar la nada, el tiempo, el agua marrón, la basura flotando, la selva a lo lejos.
 
Por turnos, para no dejar solas las mochilas, vamos al baño y volvemos. Vamos a fumar y volvemos.
Y sólo han pasado unos minutos de una hora que se alarga y que no termina nunca, que pegajosa se estira y se mezcla con la siguiente hora, perezosa, que no quiere comenzar.
El ruido del motor llena el espacio, también la música pachanguera de 100 móviles que sus 100 dueños deciden compartir con sus 200 compañeros de viaje.
Desde el piso de arriba llega el sonido de la alarma de un coche que se activa con cada cambio brusco de velocidad.
Gritos, nombres, un parloteo constante.
 
A veces el barco se detiene en un puerto y un montón de vendedoras entran en avalancha ofreciendo fruta, pescado o arroz. Pero no baja nadie, o parece que no baja nadie.
El barracón se llena se llena y se llena cada vez más.
Cada vez que el barco para, preguntamos  “¿y cuánto queda hasta Bretaña?”
y nos responden “uff, aún queda” “llegaremos mañana por la tarde”
¡Pero mañana por la tarde no llega nunca!
 
Entre lectura y siesta empezamos a conocer a nuestros vecinos. Bebés de apenas unos meses que no lloran nada. Viejitas muy viejitas y muy arrugadas. Jóvenes que preferirían haber viajado en avión. Todos se extrañan de vernos abordo, todos nos hacen las mismas preguntas.
 
Una campana avisa de que el rancho está listo para ser servido y hace que la gente, de un brinco, ocupe su sitio en una larga cola de tuppers.
Cuando el tupper llega a la cocina lo llenan de arroz, de tres o cuatro alubias y de un trozo de hueso con algo de carne de pollo.
Para desayunar, para comer y para cenar.
 
Cuando por fin llega la noche el parloteo se calma, la música se esconde en los auriculares (¡así que sí tienen!) y los bichos grandes y feos hacen su aparición.
El ruido del motor nos arrulla en un sueño pesado, solo disturbado por la alarma del coche, que no ceja en su función antirrobo.
200 hamacas se mecen como cunas, al ritmo del río. Los colores de las ondas se apagan, las cabezas desaparecen, los baños se liberan, el suelo se llena de piernas de brazos, de cuerpos sucios, de niños cansados, el frescor húmedo de la selva se cuela por las ventanas.
 
En la mañana, la luz y el calor atraviesan los párpados, y el parloteo crece, y los paseos al baño, y los niños gritan y los 100 móviles vuelven a sonar, y otra vez las horas se estiran en el río largo, interminable.
“¿y cuánto queda hasta Bretaña?” “uff, aún queda”
“Llegaremos esta tarde, yo creo que a las siete”
 
Pero llegamos a las cinco, y nadie nos avisa, y el barco se va se va se va. Y nosotros con él. ¡Y no quieren parar! ¡Y no quieren dar la vuelta!
“Por favor somos gringos, por favor somos tontos, dé la vuelta, ¡por favor!”
Entonces el barco… da la vuelta. Recogemos a trompicones y salimos a trompicones a cubierta.
“Feliz año señorita” “Buen viaje señor”
 
Todos los pasajeros se asoman a las ventanas, salen a mirar a los dos gringos tontos que no se enteran, que les retrasan su viaje unos minutos más.
Augusto nos espera en Bretaña, nos llama por nuestro nombre y nos ayuda a bajar del Henry II, del campo de concentración.
Decimos adiós con la mano a nuestro querido público y nos adentramos en el pueblo.
¡La selva nos espera!
Powered by Bullraider.com

En ruta 180

Metroesferic

skapamerica square

Los Paddington square