Reserva Pacaya Samiria. Así terminamos el 2012

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

3 de enero de 2013
 
El pequeño pueblecito de Bretaña se encuentra a las puertas de una de las reservas con mayor diversidad del planeta, la Reserva Nacional de Perú Pacaya Samiria.
A diferencia de la selva que conocimos en Bolivia, ésta es una selva inundada, es decir, que la mayor parte de su extensión está dentro del agua.
Durante los meses secos hay algunas zonas en las que el agua ha descendido tanto que se pueden hacer caminatas, pero como nosotros llegamos en la estación húmeda, la Reserva está inundada casi en su totalidad, por lo menos la zona a la que nos da tiempo acceder.
 
Como ya os contamos en alguna entrada anterior, debido a nuestro presupuesto sólo podemos internarnos un par de días y una noche, ese es uno de los hándicaps de hacer un viaje largo. Y aunque nos hubiera gustado quedarnos uno o dos días más, al final no estuvo tan mal. Además, en esta época con tanta agua hay muchísimos mosquitos (zancudos los llaman aquí) y con la cantidad de picaduras con las que salimos… no quiero ni pensar cómo hubiéramos terminado si hubiésemos pasado un par de días más dentro de la selva.
 
El día 30 por la mañana temprano nos vinieron a buscar a nuestra habitación Augusto y Elías. Elías es el nieto de Augusto, tiene 11 añitos y es un amor.
Antes de dirigirnos al embarcadero, Augusto nos da una vuelta por el pueblo y nos explica su historia. Por lo visto Bretaña fue fundada a principios del siglo XX por un inglés que llegó hasta aquí como consecuencia del boom del caucho.
Este señor inglés, en honor a su patria, bautizó el asentamiento con el nombre de Bretaña. Se casó con una nativa y tuvo algunos hijos. Después de algún tiempo el inglés y sus hijos se marcharon a Inglaterra, pero la esposa se quedó. Años después sus nietos regresaron para conocer el pueblo que fundó su abuelo en ese lugar tan remoto del Perú.
 
Bretaña es un pueblo muy pobre. El único turismo que pasa por aquí es que trae la familia Galán, no hay más guías ni más agencias que trabajen desde Bretaña.
En nuestro paseo vimos un pequeño hospital, algunas escuelas, y la comisaría, donde tuvimos que registrarnos para entrar en la Reserva.
El comisario es nuevo y le hace bastante gracia que estemos por aquí.
 
De camino al embarcadero flipamos con las casas de Bretaña, muchas de ellas están construidas sobre estacas, para protegerse de las crecidas del río, y muchas ¡no tienen paredes! Sólo tienen un tejado de paja o de chapa, unas columnas de madera y un suelo también de madera. Luego tienen una especie de “entrada” con una puerta y unas escaleritas.
 
En el embarcadero nos esperaba el bote de Augusto, tomamos posiciones… y por fin comienza nuestra segunda aventura en la selva. Bueno no, primero pasamos por la oficina de la reserva donde volvemos a registrarnos y donde pagamos las entradas (unos 60 soles por persona por un permiso de tres días).
Y ya por fin de verdad, después de pagar y de escuchar uno o dos temas de Hombres G (… lo sé… el señor guarda decidió agasajarnos con los Hombres G cuando descubrió que éramos españoles…) por fin digo, comenzó nuestra segunda aventura en la selva.
 
El bote de Augusto es más bien pequeñito y parece construido de una sola pieza en el tronco de un árbol. Augusto va atrás manejando el pequeño motor de hélice y Elías va delante dirigiendo la excursión.
Es graciosísimo verle hacer gestos a su abuelo. Con los brazos le va indicando la velocidad, dónde parar, si hace falta machete, la dirección. Su abuelo a veces le hace caso y a veces no, según decida, pero Elías sigue dirigiendo como el mejor capitán de barco.
El niños tiene vista de lince y nos va avisando de los diferentes animales que vamos encontrando por el camino. La historia es que los nombres que utiliza no son nombres que nosotros conozcamos, así que cuando dice… “¡allí, un puchufrito!” (me lo he inventado) pues no sabemos si estamos buscando un pájaro, una tortuga, un caimán o un mono.
 
En la Reserva encontramos un montón de animales, vemos muchos más en dos días que en los ocho días que estuvimos sufriendo en Bolivia, ¡y eso que estamos en la época lluviosa! Seguro que en la época seca se ven muchísimos más.
Encontramos cientos de especies de aves (martín pescador, gavilán dorado, guacamayos, garzas y otro mogollón de especies de nombres imposibles de recordar), delfines de río, tortugas y varias especies de mono; el perezoso, el aullador y otro que no me acuerdo, un mono muy chiquitín.
 
Paramos a comer en una especie de refugio sin paredes donde vive una familia que a cambio de cuidar la reserva tiene derecho a pescar.
Y comemos un pescado delicioso recién pescado por Elías, que está ansioso por pescar, cazar, navegar y sobre todo ver un jaguar.
Elías ama la selva y se desenvuelve perfectamente en ella. Nos pregunta si hemos visto su película favorita, “El libro de la selva” y los tres nos pasamos el día canturreando la banda sonora.
 
Para dormir paramos en otro refugio, una casa de estilo japonés construida por un japonés en la época del caucho.
Cuando llegamos está anocheciendo y lleva un rato diluviando. El bote no tiene techo, y a pesar de habernos protegido con el poncho y algunos plásticos, llegamos al refugio mojados.
En el refugio no hay luz, no hay fuego y lo que sí hay son millones de zancudos muertos de hambre. En pocos segundos nos achicharran así que decidimos refugiarnos en la “cocina”, donde parece que no hay tantos.
El refugio tiene algunas habitaciones y algunas camas, conseguimos colgar una mosquitera sobre nuestra cama y queda perfecta. Esa noche nuestro sueño estuvo a salvo de los mosquitos.
 
A la mañana siguiente salimos apenas amanece. La luz es preciosa y el cielo está lleno de miles de aves que vuelan en formación, todas en la misma dirección.
Augusto nos dice que van en busca de alimento.
Algunas vuelan muy alto, otras pasan rozando el agua.
A lo lejos se escuchan rugidos, se escuchan muy fuerte. Son los monos aulladores que previenen de la lluvia.
Esta corta incursión en la selva no nos hace vivir la aventura como la vivimos en Bolivia, porque tenemos mucha más sensación de seguridad. Vamos en un bote, no hay que caminar entre bichos peligrosos, dormimos a resguardo.
Pero la disfrutamos un montón porque sentimos que en esta parte la selva es más virgen. Vemos árboles gigantes, atravesamos la jungla a remo, navegamos entre enormes nenúfares Victoria Regia, sobre tupidas alfombras de plantas acuáticas, y disfrutamos de la compañía de miles de animales, y nos sentimos parte de ellos, parte de todo.
 
Regresamos a Bretaña el día 31 por la tarde. Hoy termina el año 2012 y no se nos ocurre un lugar mejor para pasar la nochevieja.
Sobre las 6 de la tarde buscamos un sitio donde cenar y sólo encontramos un puesto en la calle donde venden arroz, yuca, unas brochetas de pollo y un huevo duro, y esa es nuestra cena.
Fue una cena atípica, la verdad, compartimos mesa con unos cuantos desconocidos. Uno de ellos nos preguntó si éramos españoles y nos dijo que había visto en la tele que Messi había sido fichado por el Real Madrid. Cesar se atragantó con el pollo.
A mitad de cena aparecieron miles de mosquitos sanguinarios que nos hicieron tragar de dos bocados lo que quedaba en el plato, de pie, y salir corriendo a refugiarnos a la habitación.
 
Ya por la noche vino a buscarnos Elías y nos fuimos a la plaza del pueblo, primero a tirar petardos y luego a compartir cervezas y baile con los paisanos, que estaban encantados de que estuviéramos allí.
Al principio era muy raro porque la gente nos miraba mucho. Bailaban cumbia de la selva, todos igual y todos muy serios, y venga a mirarnos. Parecían sacados de una peli de Berlanga, de una de esas escenas de fiesta de pueblo en la que los señores mayores bailan pasodobles con cara de poco amigos.
A mí me daba tanta vergüenza que era incapaz de moverme, Cesar en cambio estaba encantado de la vida y no paraba de bailotear a mi alrededor.
Todos quisieron invitarnos, todos quisieron hacernos bailar. Hasta el comisario, que apareció en camiseta y muy contento.
 
Cuando se terminó la cerveza en la plaza nos fuimos a una “disco” donde, entre cumbia y cumbia, volvieron a regalarnos grandes éxitos de los Hombres G, Duncan Dhu y La Unión.
A las 5 de la mañana empezó a amanecer, la fiesta seguía pero nosotros estábamos muyyy cansados.
Había sido un día muy largo. Había sido un año muy largo.
 
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La canción favorita de Elías:
 
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