Chiclayo. Nos despedimos de Perú

Escrito por Skapamerika. Publicado en Perú

21 de enero de 2013
 
Chiclayo se convierte en la última ciudad grande que recorremos en Perú.
Bueno, la última fue Piura pero es fea y se come mal, así que no la nombraré más.
 
La ciudad de Chiclayo no tiene mucho, es la hermana fea de Cajamarca y Trujillo. Es más ruidosa y más sucia.
Además, todo el paisaje de la costa de Perú es francamente feo, un desierto inmenso, lleno de plásticos, atravesado por la Panamericana, por lo que ni siquiera el entorno natural vale la pena visitarlo.
Quizás la zona pegada al mar, pero como Cesar me tiene vetado el mar hasta que lleguemos al norte de Ecuador, lo único que puedo hacer es imaginarlo.
Sin embargo, en medio de ese caos sucio y polvoriento, se encuentra uno de los grandes tesoros de la humanidad, y no estoy exagerando.
Lambayaque, una pequeña población a pocos kilómetros de Chiclayo, da resguardo a uno de los mejores museos de arqueología del mundo, el Museo de la Tumbas Reales de Sipán.
 
Este museo presenta de forma exquisita los restos encontrados en las tumbas de El Señor de Sipán y El viejo Señor de Sipán, más conocidos como los faraones de América, además de las reliquias de otras tumbas “menores”.
Los señores de Sipán fueron importantes dirigentes mochicas, emperadores, o reyes, y fueron enterrados en Sipán, cerca de Chiclayo.
El viejo señor de Sipán es llamado así porque se encontró a varios niveles por debajo de la tumba del Señor de Sipán (la primera en encontrarse), ya que, como espero que recordéis, los mochicas enterraban sus antiguos templos y construían sobre ellos.
 
La tumba del Señor de Sipán fue encontrada a causa de los huáqueros, los profanadores de tumbas, gente que se dedica a saquear y destrozar los restos arqueológicos para venderlos en el mercado negro. Por fortuna las tumbas de los Señores no fueron saqueadas, y pudieron rescatarse y restaurarse las innumerables joyas que acompañaban los reales cuerpos.
 
Lo más interesante del hallazgo, en mi opinión, fue poder comprobar la exactitud de los dibujos de las cerámicas mochicas, donde vienen representados los vestidos de cada personaje con una realidad pasmosa.
Así, con los hallazgos de Sipán pudieron reconstruir el vestuario de los sacerdotes, de las esposas (o reinas) de los soldados, de los generales y por supuesto de los reyes.
 
Desgraciadamente, otras sepulturas corrieron peor suerte y fueron destruidas y saqueadas, y sus reliquias vendidas a coleccionistas extranjeros.
En la actualidad hay un acuerdo entre EEUU y Perú para perseguir y recuperar las joyas arqueológicas robadas, no sólo mochicas, también de otras culturas precolombinas.
 
Cuando visitamos el lugar donde se encontraron las tumbas reales, pudimos comprobar que las excavaciones están paralizadas a día de hoy. Los últimos en apoyar el proyecto de recuperación fueron unos españoles que donaron dinero a cambio de que se les permitiera grabar una película documental (creo, el señor guarda no se explicaba muy bien) sobre El Señor de Sipán.
Mientras, otros maravillosos restos arqueológicos siguen tragando polvo bajo el desierto peruano, los diputados del Congreso de este país acaban de aumentarse el sueldo… claramente una prioridad para todos los ciudadanos del Perú. Una demostración más de que la clase política es mundialmente repulsiva.
 
Con la visita a Chiclayo se nos termina Perú. Desde Piura tomamos un bus que atraviesa la frontera con Ecuador. Allí pagamos la previsible multa, que al final sólo asciende a 4 dólares por cabeza.
Y seguimos camino, hacia el norte, siempre hacia el norte.
 
Un beso volado para todos esos recuerdos, esas personas, esos paisajes, esos sabores y colores, y sonidos, y texturas, y nuevos saberes, y… para todo lo que nos hará recordar Perú como el país mágico que es.
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